«Pureza»

Jonathan Franzen. Traducción de Hériz. Ediciones Salamandra. 704 páginas. 24 euros


No se sabe si es la obsesión de Jonathan Franzen (Western Springs, 1959) con el sueño de la construcción de la gran novela americana, o, si por el contrario, es la obsesión del fan de Franzen de hallarla en cada nuevo trabajo del autor de Illinois. Quizá ambas cosas a la vez. Él incluso juega con la idea en un breve pasaje de su último libro, Pureza, que acaba de llegar al castellano de la mano de Salamandra. Y aquí está otra vez el lector, condicionado por el axioma, como si no fuese posible disfrutar del relato -y su sólida prosa- sin más. Franzen eligió ser un narrador al margen de las vanguardias, un narrador que se ha saltado alegremente el abismo abierto en la novela, sobre todo, por la corriente de los posmodernos en EE.UU. Vamos, que le importan un comino Gaddis, Pynchon... Y hasta Joyce. Sin embargo, no puede decirse lo mismo de su colega -y prácticamente coetáneo- David Foster Wallace. Cuando este se suicidó, confesó Franzen, desapareció su «gran amigo y gran competidor». Para él, aquella muerte fue algo así, explicaba, como si lo hubiesen abandonado «sin contrincante sobre la pista de tenis». La literatura de ambos tomó hace tiempo derroteros divergentes, pero la rivalidad actuaba como motivadora luz sobre la tarea de Franzen. Los excesos de Foster Wallace -y su perplejidad e indefensión ante la vida moderna- producían desmesura literaria, pero estaba tocado por la genialidad, aunque solo fuera a ratos. Franzen, en su ambición y a su manera, también comete excesos. En Pureza, donde vuelve sobre las libertades -ah, las redes sociales, las mentiras y la soledad existencial-, se excede, por ejemplo, en la parte que dedica a reconstruir el pasado de Andreas Wolf (y la RDA) para fundamentar el personaje, una mezcla de Assange y gurú de secta. Pero si el lector tiene suficiente templanza, las abundantes subtramas y no menos relaciones cruzadas irán cuadrando, confluyendo y darán paso a una más que satisfactoria recompensa. ¡Adelante!

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