«Por el camino de Richter»


La admiración por el artista lleva a violar una ley esencial: acercarse a él solo a través de sus creaciones. Pero quién es capaz de reprimir al cotilla que llevamos dentro y no escudriñar en la intimidad del genio, con la aspiración de comprobar que en el fondo son tan parecidos a nosotros, vulgares seres humanos, en su caso, con licencia para dejar el rebaño ocasionalmente. Yuri Borísov, hijo del actor ruso Oleg Borísov, no solo cultivó la amistad de Sviatoslav Richter, si no que reunió en un libro el resultado de sus encuentros con uno de los más grandes y enigmáticos pianistas del siglo XX. Cuando se veían, tomaba notas, lo que no incomodaba a Richter, aunque dudaba de su utilidad. El pianista sabía que lo mejor que podía entregar al mundo era esa mezcla ideal de espontaneidad y virtuosismo con que abordaba a Brahms, Liszt o Rajmáninov. Pero la gente quiere más. Y algo de ese recóndito más es lo que ofrece Por el camino de Richter, que desvela que lo que su gran pasión era la ópera o que él, que apreciaba el cine de Bergman y Pasolini, tenía como su segunda actriz favorita a la coruñesa María Casares. Para Richter el modelo de dirección orquestal consistía en lo que Furtwängler logró en su grabación de Tristán e Isolda, y tenía por los «más grandes» a Mozart y Stravinski, al lado de Shakespeare y Proust. «Yo no dejo de moverme por dos caminos. Por el camino de Swann, donde todo es sensualidad, pecaminosidad, o por el camino de los Guermantes, donde todo es pura espiritualidad y... sueños!».

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