Marc Recha filma poética de gigantes a través de la mirada de su hijo

Gran acogida a «Cocinando en el fin del mundo», presentada en Culinary Cinema dentro del Festival de San Sebastián


San Sebastián / E. La Voz

Marc Recha es uno de esos realizadores que cumple a rajatabla los compromisos condigo mismo de cineasta inclaudicable. Desde el extrarradio, por fuera del cine complaciente o de la autoría perfumada, Recha ha conformado, con 7 largos, una cosmogonía inimitable, un cine de una fisicidad espontánea y nunca puesta en almoneda. Con Un dia perfecte para vola reaparece, con una libertad formal si cabe mayor, en el escenario de los festivales, un territorio que ha sabido mimar al catalán, premiado en Locarno y seleccionado por Pau i el seu germà en Cannes. Lo que presentó en esta competición plagada de bagatelas mentirosas y muy caras que presumen de abordar grandes temas de falsario engagée es un respiro de cine-verdad que se rodó en una semana y del cual ninguno de sus integrantes ha cobrado. Esto no es una proclama del cine low cost; es un elogio del valor poemático que exhala esta relación entre un niño -Roc Recha, qué valiosas su mirada y su voz genuina- y un gigante, Sergi López, quien después de haber rodado por medio mundo, pocas veces ha refulgido más descomunal que cerca de casa. 

En ese concentrado de poco más de una hora asisto a cómo se puede hacer cine de aventuras  a lo grande sin gastar un euro ni disfrazar a Johnny Depp de Mortadelo; o a la manera en que se perfila el misterio de la muerte a ojos de un crío, como sombra intuida, ya dolorosa. El simbolismo de Recha es níveo, sin engolamientos, apegado al mar, a la tierra y a la autenticidad que acompaña las fantasías y los suaves desgarros de lo real de este tour de forcé delicioso de niño y de gigante secretamente sangrado por el tiempo. Si el jurado que preside la actriz danesa Paprika Steen, la actriz danesa de tantas lágrimas impostadas en dramas melifluos, tuviese coraje. Le plantaba a Recha la Concha de Oro. Pero no sucederá.

También con miradas infantiles pero bien diferente resultado, la competición la cerró la canadiense Les Démons, de Philippe Lesage, que camina bien cuando habla de los temores reales de sus púberes protagonistas y lo hace algo trompicada cuando introduce un elemento de puro terror zanjado por las buenas con Bach y su Evangelio según San Mateo, que siempre queda aparente.

Más que cálida resultó la acogida, dentro de Culinary Cinema a la propuesta de Cocinando en el Fin del Mundo, en la que Alberto Baamonde y su guionista Alexandre Cancelo construyen un diálogo sobre cocina, aggiornamento y tradición que va mucho más lejos del  canónico documental ,para exprimir, a partir del Grupo Nove, mucho más que puntos de cocciones o estética de gastroteca, una lúcida reflexión colectiva a partir de la palabra y de una puesta en escena compleja, osada, alejada de las normas aherrojadas del menú del día de este género en progresión.

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