Agustí Villaronga esteriliza el puzle sórdido de «El rey de La Habana»

La película ofrece un retablo como de vodevil caribeño, de enredos del Teatro Chino de Manolita Chen


San Sebastián / E. Especial

Hace ahora 20 años surgió de la situación límite que vivía la Cuba del «período especial» un novelista amoral, ávido de escarbar en las miserias y aun de agrandarlas. Pedro Juan Gutiérrez se convirtió en best seller al bajo precio de vender pornografía del estado de necesidad y de aderezarlo de grandilocuencia sórdida, con la cual quería jugar a ser un Genet o, cuando menos, un Bukowski que retratase una Habana imaginada como ciudad caníbal, alimentada de su propia sangre y sus excrementos. Aquella vileza literaria, que se pretendía provocadora, se reveló tan inocua que hoy hasta puede encontrarse a la venta en las malnutridas librerías de Cuba.

El nombre de Agustí Villaronga asociado a una adaptación de El rey de La Habana se suponía propuesta de riesgo: sabido es el dominio del balear de atmósferas sórdidas, de la insania como estado natural de sus mejores obras, Aro Tolbukhin, El mar o Tras el cristal. Me asombra el resultado del mix de la Habana escatológica de Gutiérrez con la mirada turbia de Villaronga. La película debería ser un ejercicio de malditismo radical, de raíz genetiana o del Pasolini de los días finales, el de Saló. Pero lo que se nos ofrece es un retablo como de vodevil caribeño, de enredos del Teatro Chino de Manolita Chen. El sexo rampante y fálico, la podredumbre moral y física, la muerte y el caos no aparecen por lado alguno en las peripecias del joven superviviente que solo tiene su miembro para «ir tirando» en el mercado de ladrones de la Cuba que se venía abajo. Y sí observo un intento de dulcificar el tremendismo original y suavizarlo hasta que quede en historietas como de corrala de vecinos. Este Villaronga domesticado e irreconocible filma las orgías o las templanzas cubanas como el Ozores de la ola del destape. Provoca alucinaciones una bacanal en casa de una loca habanera que es heredero o gemelier del Landa con peluquín del Vecino del Quinto.

Donde se contaba la carcoma de la Habana que fue Sodoma batistiana -y en el «período especial» devino para unos cuantos (entre ellos, el autor de la novela original) estercolero de supervivientes- no hay ni tan siquiera cine oportunista o cámara que hurgue en la mierda. Solamente una infinita torpeza que filma la noche cubana como si fuese una boite de las que frecuentaba Máximo Valverde. ¿Ha dirigido esto Villaronga? ¿Tiene algún sentido siquiera como encargo? Si la diosa Ochun levantase la cabeza para ver esta inmundicia, habría algo más que gallinejas descabezadas.

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