«High-Rise», enfurecida adaptación al cine de la novela de J.G. Ballard

La película es un aquelarre en rápida progresión donde lo que prima es una coreografía de la brutalidad donde no siempre el pez grande se come al chico


San Sebastián / E. Especial

El británico nacido en Shanghai J. G Ballard es uno de esos escritores poseedores de imaginería inconfundible. También macabra, desesperanzada, caníbal. Sus textos son crueles odas al No Future aunque, paradójicamente, su libro más conocido se trate de un singular relato de infancia, El imperio del sol. Para reconocer el espíritu Ballard solo tienen que rememorar Crash, aquella pieza maestra del cine extremo, donde se fundían deseo sexual y carne amputada en accidentes de coche, y que llevó a la pantalla, cómo no, David Cronenberg.

Este festival tenía, sin dudas, el a priori mayor de sus platos fuertes en High-Rise, adaptación de otra novela radical y feroz de Ballard que firma un director de culto reciente, el inglés Ben Wheatley, de quien los postmodernos adoran Kill List y, menos, el desaforado humor negrísimo de Sightseers. Pienso que Wheatley es fiel a la novela original al concentrar esta orgía de poder, sangre, sexo y muerte, que se desarrolla dentro de un edificio inteligente estratificado en castas sociales, más en la atmósfera salvaje que en una trama mínimamente aprensible. El hombre es peor que un lobo para el hombre en esta bacanal hobbesiana y enloquecida, sobre la cual impera como gurú Jeremy Irons, y entre cuyo vecindario digno de una misa negra emanada de un futurista 13 Rue del Percebe, está la emergente Sienna Miller.

No hay que aferrarse a argumentos o subtramas. High-Rise es un aquelarre en rápida progresión donde lo que prima es una coreografía de la brutalidad, un ritual de lucha de clases donde no siempre el pez grande se come al chico. Weathley, con buen criterio, suelta las bridas del carnaval de Sodoma y lo desarticula en dos horas de montaje desabrido, de cuerpos que copulan, se destrozan, generan en ese rascacielos, coloso en llamas, un apocalípsis o un pintura negra que emana horror. Le pierde algo la desmesura. Y ese predominio absoluto de las formas sobre cualquier atisbo de fondo humano o de personaje al que agarrarte termina por fatigar. Pero ahí queda el poder visual arrollador de esta Quinta del Sordo donde Saturno es devorado por sus hijos. Y el guiño final, que es idea original de Weathley, de que la voz inconfundible de Margaret Thatcher alabando el neoliberalismo raspe los cadáveres después e la batalla.

The Boy and the Beast, del japonés Mamoru Hosoda, es el primer anime que aspira a la Concha de Oro en los 63 años de este festival. Su estilo, mucho menos creativo que el de Miyazaki, es aplicado, sereno. Muy al servicio de la narración, aquí la amistad entre un niño inadaptado y un monstruillo sobrenatural que habita en un mundo imaginario. Entre ambos surge muy buen rollo y sus aventuras nada veloces duran dos horas, bastante más de lo que mi declarada insensibilidad para este arte animado debería ser capaz de somatizar.

También ayer desembarcaba el equipo en pleno de El Desconocido, la película de Dani de la Torre tan bien acogida en Venecia y proyectada aquí en la pantalla gigante del Velódromo de Anoeta, experiencia que propulsará la seguro que excelente carrera en salas que el percutante thriller gallego inicia el viernes.

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