«El apóstata», gran obra insurrecta del cineasta uruguayo Federico Veiroj

La cinta, presentada en San Sebastián, te acaricia de igual a igual y te incita a salir de la sala eufórica y dulcemente libertario


san sebastián / e. especial

Vivimos en este festival un brote de cine liberatorio del que te reconcilia con la afinidad natural de este arte con la fina subversión, gracias a El apóstata, película española del uruguayo Federico Veiroj. No pilla de sorpresa que el autor de La vida útil muestre ahora savoir faire respirable en esta película de latido insurrecto y elegante que podría parecer trabajo sencillo pero lleva dentro una preciosa lección de cine mayúsculo. Es incalculable el talento natural de Veiroj para trazar la historia de una inadaptación y lograr que ese devenir sublevado se conjugue como en sordina. Y que eleve su atmósfera de feliz emancipación, sin que su protagonista, ese rebelde más bien vago, renuncie al karma en el que su lucha por dejar de figurar en la base de datos de la Iglesia católica sea algo que «preferiría no hacer».

Parte El apóstata de un espíritu diletante, que posee algo del mejor cine llegado de Uruguay en la década pasada. Y que incorpora a él con fluida naturalidad códigos decididamente ibéricos, un arpegio de humores que van de Tono y Mihura a Azcona o incluso a lo mejor de lo que se llamó comedia madrileña. Veiroj decide que ese torrente que discurre silencioso, con dorados bajíos de comedia llana, nunca estridente, lo timonee un actor no profesional. La cadencia que Álvaro Ogalla le imprime a su personaje de contestatario cansado parece idealmente concebida para conducirnos por esa vida suya, tan quijotesca, frente a los molinos de viento de la Iglesia; o en sus avatares amorosos, dilucidados entre una linda prima a contracorriente y una vecina como dibujada por Richard Quine e I.A.L. Diamond para enloquecer a Jack Lemmon. Y ahí están, soberbias, Marta Larralde y Barbara Lennie, para marcar sus bellísimos contrastes con el desgalichado genial de Ogalla, en este Apóstata que es cine que te acaricia de igual a igual y te incita a salir de la sala eufórica y dulcemente libertario.

La jornada la completaron la notable Eva no duerme, concentrado viaje en dos actos por los espectros del peronismo, la momia de Evita o los montoneros que secuestran y ejecutan a Aramburu, el hombre que obligó a bombazos a Perón a desalojar el poder y largarse a España en 1955. Y la muy deficiente Amama, algo así como el Martínez Soria de ¿Qué hacemos con los hijos?, trocando las claves del desarrollismo franquista por el sabinismo rural euskaldún de un cine no ya reaccionario, mucho peor que eso, de un primitivismo poético, narrativo y fílmico sin enmienda.

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