Terence Davies traslada a Escocia su universo elegíaco en «Sunset Song»

Darín y Javier Cámara negocian una buena muerte en «Truman»


San Sebastián

Lo que podríamos denominar sin ánimo belicoso la armada española va por mal camino en las primeras escaramuzas de este festival.  Ayer el trompazo inaugural, que vale por dos, se lo pegó Amenábar. El resbalón de Cesc Gay en Truman, como entra ya en el dietario de la competición, no hará tanto daño. Aunque igualmente define otra trayectoria declinante, la del director que pidió sitio con Hotel Room y Krampack y alcanzó notable presencia con En la habitación. Claro, de eso hace ya más de diez años y en ese tiempo no hemos visto otra cosa que una pérdida de perfil de su microcosmos de personajes urbanitas en crisis, de la soledad de las parejas, del desamor como territorio franco, de las guerras de los Roses con daños colaterales.

Truman marca poco menos que un derrumbe. El director y su guionista habitual, Tomàs Aragay, parten de una trama que muy bien podría comprimirse en uno de los sketches de Una pistola en cada mano, la cual ya anunciaba flojera, aunque Candela Peña, enrabietada, elevaba tanto el tono en una de las historietas que lograba disimular la pereza del conjunto. Lo que hay en Truman es algo peor que pereza. Agotamiento. Otra vuelta de tuerca en el vacío con sus actores de compañía. El guion, sobre un hombre que llega a España para encontrarse por última vez con su amigo que padece un cáncer invasivo y ha decidido dejarse llevar, es un brocado de lugares comunes muy mal dialogados, con personajes secundarios olvidables y un perro, el Truman del título, como legado animal y macguffin de la película. Todas las posibilidades abiertas por un argumento para el desarrollo de una trayectoria de búsqueda de un bel morir no honran para nada la nula vivacidad de la historia. Claro, Darín hace de Darín y salva el tipo. Pero Javier Cámara no posee esa virtud de egotista poder de divo actoral. Y su trabajo es un tristísimo balbuceo que termina de desequilibrar cualquier viable equilibrio o verosimilitud emocional en esta película complaciente, que busca la caricia engañosa del público, el halago propio de cineastas maleados y vagos. Obtuvo una ovación como de tarde de los isidros. Y hoy los retardatarios glosaran las virtudes de una obra maestra de la ternura.

Terence Davies posee una de las cosmogonías más reconocibles y eminentes del cine de nuestro tiempo. En 2011 presentó en este festival la que es quizás su cima sublime, The Deep Blue Sea. Y no le dieron ni una txapela. Demuestra no poseer rencor al regresar al Kursaal, después de aquella bofetada. Se rumoreó mucho que Sunset Song llegaba tras el rechazo de Cannes y de Venecia. Es verdad que para quien, como Davies, viene de asaltar el más allá de los paraísos perdidos, de la infancia como patria añorada, de la poética de la evocación de los muertos y de la dolorosa llaga del tiempo, Sunset Song defrauda. En ella habitan todos los referentes de su cine, la añoranza como herida o las canciones populares como elegía coral, pero no están transidos de esa portentosa capacidad de sublimación que es la que convierte en inaprensibles las dimensiones del cine de Davies. El viaje de su Liverpool referencial a la Escocia de comienzos del siglo XX tampoco termina de sentarle bien al director. Todo lo que en sus grandes creaciones aparece sutilmente destilado, aquí resuena verbalizado y pierde pegada lírica y ese valor espectral del autor que invoca a un mundo para siempre perdido. Eso sí, un Terence Davies en baja forma sigue siendo un peso pesado en cualquier pantalla del mundo. Y Sunset Song agrega otro gran valor: Davies nos descubre en ella a una actriz portentosa, telúrica, de esas que sabemos que se va a instalar en nuestras vidas y a emocionarnos largamente. Se llama Agynnes Deyn, y es el alma vehicular de la mirada de su director, quien rescató a esta gema del container del cine de matones de serie Z.

La francesa Lucille Hadzihalilovic es una de las «chicas mimadas» de este festival, que también -no todo va a ser Cannes- tiene sus autores considerados descubrimientos de la casa. Hadzihalilovic ganó en el 2004 el premio Nuvos Directores con una muy sugestiva perversidad, Innocence, ambientada en un morboso colegio de señoritas de buena cuna. Tras once años en los que su único trabajo conocido fue participar en el guion de la divertida y pastillera locura de Gaspar Noe llamada Enter the Void, este festival pudo por fin ayer estrenar la segunda obra de su ahijada. La operación Hadzihlailovis no ha salido bien. Su película, Evolution, es un disparate ambientado en una isla donde un grupo de niños son sometidos a experimentos quirúrgicos crueles por unas matronas medio cefalópodas. Nada tiene otro sentido que provocar con visiones de órganos gelatinosos o menús a base de gusanos en socarrat. Dicho esto, hay que reconocerle al equipo de programación de este festival, tantas veces considerado refractario al riesgo, atreverse a proyectar Evolution un un Kursaal lleno hasta la bandera, expuesto a la bronca del equipo de la película presente en la sala. El público entendió que a los forasteros se los acoge con cortesía y la cosa no pasó a mayores.

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