Un soberbio Amos Gitai detona el «JFK» israelí

Descomunal cine político que incrimina a Netanyahu en el magnicidio de Rabin en 1995


VENECIA / E. La Voz

La Mostra sufrió ayer la detonación de una bomba no solo cinematográfica sino, en no menor medida, política. Ahora que se cumplen 20 años del magnicidio de Isaac Rabin, parteaguas que cambió el curso de las corrientes en Oriente Próximo, Amos Gitai incrimina en su asesinato a los rabinos ultraortodoxos que hoy son poco menos que señores de la guerra en Israel, pero también al movimiento de los colonos, al partido gobernante Likud, y directamente al actual primer ministro, Benjamin Netanyahu. Los planos finales de Rabin, The Last Day, demoledora obra que mezcla material de archivo, entrevistas y una medida dramatización, se detienen en los carteles electorales de Netanyahu, a quien durante las dos horas y media de metraje hemos visto caldeando la atmósfera previa al crimen de noviembre de 1995, arengando a unas masas que supuran odio y comparan a Rabin con los nazis, al tiempo que exigen su asesinato, después de que este llegara a los acuerdos de Oslo y al reconocimiento de la OLP.

No es casual que Gitai haya llegado hasta aquí. Su filmografía y su vida conducían al ajuste de cuentas. Tuvo que exiliarse en 1982, después de su denuncia de la invasión del Líbano y los crímenes masivos que provocó. Y solo regresó en 1993, precisamente cuando la jefatura del Gobierno de Rabin abre la esperanza a una salida pacífica del conflicto con los palestinos. De manera inmediata al magnicidio, Gitai filmó un documental soberbio Arenas of Blood, que valdría la pena recuperar.

Así que, tras aquilatar su ira en estas dos décadas, Gitai expande su verdad sobre aquella tragedia histórica, contenida en la forma -nada que ver en cuanto a ritmo con los montajes de Oliver Stone en JFK o Nixon; mucho más próxima al cine político italiano de los 70, el de los años de la estrategia de la tensión que culminaron en otro oscuro magnicidio, el de Aldo Moro- pero radical y rabioso en el fondo de una obra que deflagra y abarca en su radio de cómplices o instigadores directos del asesinato de Rabin a quienes hoy mandan de manera real (Likud) o fáctica (los integristas ortodoxos que este mismo verano atentaban contra los homosexuales o contra población civil palestina) en un Israel desesperanzado. Lo sucedido ayer en esta Mostra es seguro que generará conmoción en Israel, en donde está por ver si llega a permitirse su estreno.

Como afirma el personaje central de la investigación en el filme, «Israel nació para ser una democracia. Y algo se torció, definitivamente, el día en que Rabin fue asesinado». La respuesta a cómo un crimen político tan elemental y escandaloso como el que el filme de Gitai expone ha podido permanecer semioscurecido desde 1995 se puede hallar siguiendo el rastro del poder creciente del dinero que la conexión ultraortodoxa, que no solo habita en Jerusalén sino también en New York, administra para delimitar los menús y los tiempos informativos globales.

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