Trapiello rejuvenece el «Quijote»

Ya está en las librerías la versión íntegra y en castellano actualizado en la que el escritor leonés ha estado trabajando durante 14 años


Redacción / La Voz

Tras 14 años de callado trabajo, llegó ayer a las librerías Don Quijote de la Mancha. Puesto en castellano actual íntegra y fielmente por Andrés Trapiello (Destino). Con mano de relojero, delicada pero firme, Trapiello (Manzaneda de Torío, 1953) actualiza el sagrado texto, consciente de que muchos -«gente reacia, y no precisamente lectores», matiza- lo han juzgado ya antes de conocer sus resultados. Él advierte que no hay recreación literaria, ni adaptación ni tijera -como sí sucedía en la versión de Arturo Pérez-Reverte-, solo un acercamiento al idioma del siglo XXI, liberado de «falsos amigos», de esas palabras que han perdido el significado que tuvieron hace varios siglos. «Era un español sencillísimo hace 400 años. Hoy es un español que solo lo entienden los eruditos cabalmente. Y con mucho esfuerzo lectores de una determinada formación, a los que no les importe en absoluto interrumpir la lectura cada dos líneas consultando una nota que no siempre está clara». Trapiello invita a abandonar prejuicios y señala: «Es absurdo que nosotros no pudiéramos hacer lo que todos los lectores del mundo: que leen en sus lenguas respectivas, cómodamente, el Quijote porque está traducido al idioma que ellos hablan; la gente que traduce el Quijote al alemán no lo traduce a un alemán del siglo XVI, lo traduce a un alemán del XXI. Todos esos lectores lo leen cómodamente, excepto los españoles e hispanohablantes, que, por el hecho de serlo, se les obliga a leer el Quijote en una lengua que ya ni hablamos y casi nadie entiende».

El escritor asegura que jamás buscó sustituir el Quijote verdadero. «Ni muchísimo menos, al contrario, lo que estoy haciendo es una invitación para que la gente lea el original, que está lleno de matices que desgraciadamente se han ido en mi traducción. Aunque infinitamente menos que en otras prestigiosísimas traducciones al inglés, al francés o al alemán, porque nuestra lengua por fortuna está aún muy cerca de la de Cervantes. Esto era necesario», dice sin ambages Trapiello, que redujo a 0 las 5.552 notas de la edición de Francisco Rico del 2006 (sobre la que trabajó).

Su quijotesca empresa busca restituir el significado del gran libro mediante un sutil aclarado de la forma. «Hemos dejado el Quijote como una especie de sonajero majestuoso, como una catedral de palabras realmente suntuosas, que al final nos impedía llegar a lo que de verdad importaba, al meollo del asunto. Las palabras se han ido alejando tanto del fondo, que nos resultaba difícil llegar a él. Si el Quijote caló tan hondo en su día era porque era un libro hablado, que utilizaba el lenguaje que entonces hablaba la gente, pero hoy la gente ya no habla así. El Quijote es un libro hablado más que escrito, y el habla es lo primero que se marchita. El habla, los refranes, las expresiones, los giros? Todo eso es de una enorme mutabilidad y ese es el principal escollo que yo he tenido que librar en mi traducción: el deslizamiento del significado de muchísimas palabras». Andrés Trapiello espera que el elogio que pudiera llegarle por este libro sea no por lo que ha traducido, sino por lo que ha dejado de traducir.

En palabras de Mario Vargas Llosa, que redactó el prólogo, la obra de Cervantes «se ha rejuvenecido, poniéndose al alcance de muchos lectores a los que el esfuerzo de consultar las eruditas notas a pie de página o los vocabularios antiguos disuadía de leer la novela de principio a fin».

El comienzo

ANTES

«En un lugar de la Mancha, de cuyo nombre no quiero acordarme, no ha mucho tiempo que vivía un hidalgo de los de lanza en astillero, adarga antigua, rocín flaco y galgo corredor. Una olla de algo más vaca que carnero, salpicón las más noches, duelos y quebrantos los sábados, lantejas los viernes, algún palomino de añadidura los domingos, consumían las tres partes de su hacienda. El resto della concluían sayo de velarte, calzas de velludo para las fiestas, con sus pantuflos de lo mesmo, y los días de entresemana se honraba con su vellorí de lo más fino».

AHORA

«En un lugar de la Mancha, de cuyo nombre no quiero acordarme, vivía no hace mucho un hidalgo de los de lanza ya en olvido, escudo antiguo, rocín flaco y galgo corredor. Consumían tres partes de su hacienda una olla con algo más de vaca que carnero, ropa vieja casi todas las noches, huevos con torreznos los sábados, lentejas los viernes y algún palomino de añadidura los domingos. El resto de ella lo concluían un sayo de velarte negro y, para las fiestas, calzas de terciopelo con sus pantuflos a juego, y se honraba entre semana con un traje pardo de lo más fino».

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