cannes / e. la voz

Era uno de los elefantes blancos de esta 68.ª edición, pero todas las expectativas se han visto superadas por la excelencia y la arrebatadora belleza de Carol, el filme de Todd Haynes que adapta una de las más soberbias novela de amor lésbico nunca escritas, con la autoría de Patricia Highsmith. Resultaba evidente que la sensibilidad de Haynes era idónea para captar esa Norteamérica pacata de la década hiperconservadora de los 50, con Eisenhower y Mammy en la Casa Blanca. Haynes firmó en el 2002 el glorioso precedente de Lejos del cielo, reconstrucción mimética del universo de pasiones prohibidas y sublimadas de Douglas Sirk, a través del amor interracial de Julianne Moore. Carol no solo alcanza la precisión y lirismo de aquella sino que todavía sube un escalón más, para situarse en la cúspide del cine para la leyenda.

Apuntada ya esa prodigiosa recreación de la atmósfera opresiva del tiempo que rodea y casi asfixia a estas dos mujeres que se atreven al tabú innombrable del amor sáfico, Todd Haynes articula una pieza maestra que arranca en ese punto en el cual esa pasión parece finalmente cercenada. Y luego avanza hacia él desde un flash-back en donde nace la historia: el choque cósmico de las dos miradas, las de Cate Blanchett y Rooney Mara, en la marabunta sórdida de unos grandes almacenes en Navidad. De ese síndrome de la mutua fascinación, donde enraíza el amour fou, este pulso del deseo a la realidad va progresando en lo que es la esencia del melodrama más puro: la atracción imposible, bigger than life. Y ese territorio minado lo van atravesando ambas mujeres, bajo la hoja de ruta virtuosa de Haynes, para cruzar todas las líneas de fuego de lo prohibido, a través de un acercamiento sensual exquisito, trenzado con la delicadeza de la seda y la pulsión del deseo supremo. Y es una obra de arte de nuestro tiempo el equilibrio de complicidades de Blanchett y Mara, el sutil y tenso camino por el filo de la navaja, la progresiva manumisión de ambas, esclavas de una dictadura puritana. Esa liberación de las cadenas se respira en cada decisión, en cada secuencia por la que opta Todd Haynes, a la altura ya de Minnelli o de Sirk, e incluso desmochando nuevos horizontes sobre los de aquellos maestros.

Y por eso toda esa tortuosa ruta hacia la rebeldía, cuando todo está perdido, encuentra una ventana cenital, un milagro fílmico, como al comienzo, en otro nuevo cruce de miradas de la rica ama de casa y la dependiente de juguetería. Contienen esos planos finales una veta de oro del cine melodramático de todos los tiempos. Y el destello afilado y encendido de la mirada de Cate Blanchett que precede al fundido a negro ilumina uno de los momentos subversivos más desafiantes y hermosos jamás filmados.

El snobismo de Mon Roi

Después de afrontar una obra de las dimensiones de Carol, asistir a la proyección de Mon Roi, despropósito ofensivo de la snob ad nauseam Maïwenn, que también habla de una pareja imposible -pero en este caso no por imposiciones o tabúes, sino sencillamente porque los personajes de Emmanuelle Bercot y del ubicuo y pringoso Vincent Cassel , tal y como los dibuja esta película nefanda, son dos memos- parece una broma de fiesta de los inocentes. Su presencia en el concurso irrita, es inexplicable. Tanto como las leyes que rigen las idas y venidas absurdas, ofensivas para la inteligencia de cualquier espectador común, de Cassel y Bercot, dos amantes tontos. Muy tontos.

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Milagrosa belleza en el amor lésbico de «Carol», de Todd Haynes