Cannes se vuelca con el vigoréxico «Mad Max»

La pirueta visual de George Miller enloquece a sala con sus persecuciones, su montaje virtuoso, su paisaje posapocalíptico y su estética posheavy metal. Sin espacio para el diálogo o personajes


Cannes / E. La Voz

Como si la inauguración con tracas del festival se hubiese postergado un día, Cannes se volcó ayer con la llegada velocípeda del aggiornado filme Mad Max de George Miller. Lo que nació en 1979 como una modesta película australiana que en España, por su violencia, se estrenó con el cartel estigmático de clasificada S, ha devenido franquicia de las que cotiza en bolsa. La programación en el festival es una de esas operaciones donde el negocio, el espectáculo y, en menor medida, el arte confluyen en Cannes, como plataforma de despegue universal del producto, que se estrena hoy en todo el mundo. Mad Max: furia en la carretera tiene poco de remake. Se trata de un ejercicio de cine no argumental, una pirueta visual. El guion cabe en un folio. La cinta es una sucesión de set pieces vertiginosa, sin espacio para diálogo o personajes. La pantalla, una pista de persecuciones en forma de desierto distópico. El Mel Gibson del origen parecería un personaje de Esperando a Godot confrontado con este Tom Hardy puro madel-man.

El Mad Max 2015 enloquece bastante a la sala. Se aplaude en la proyección su montaje virtuoso, su paisaje posapocalíptico, su estética posheavy metal. Y que la aventura, cuando vira hacia el wéstern, sea una caravana de mujeres y de leche materna como soma. A mí me divierte con moderación pero creo que es víctima de su exceso. Es una obra vigoréxica, al final fatigosa. Y, sobre todo, es una amenaza para el sindicato de guionistas. Si se impone esta fórmula de videocreación, esa profesión pasará hambre.

Matteo Garrone, niño mimado de Cannes, premiado por su excelente Gomorra y la cuestionable Reality, se pegó ayer el castañazo con Tale of Tales. Tres cuentos algo decamerónicos del siglo XVI poblados de ogros, princesas, encantamientos y jorobados se entrecruzan en un show que nunca halla su tono. Querría ser friki pero es de un feísmo muy caro. Le gustaría poseer los flashes de locura de Gilliam pero no hay asomo de talento. Gente como Salma Hayek o Vincent Cassel son reyes cabreados o lujuriosos pero siempre perdidos. En una parada de monstruos que peca de cobarde, de pulcra, de arrítmica. No hay saltos sin red en este circo. Garrone, a los leones con él.

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