Berlín / E. La Voz

Kenneth, la vida es así. Con 39 años asaltaste los cielos. Dirigiste Shakespeare y, a raíz de Enrique V, se te equiparó con el joven Laurence Olivier y con Welles. Ahí estabas doblemente nominado al Óscar, como autor total. Te acababas de casar con Emma Thompson, que brillaba como Katharine Hepburn londinense. El mundo estaba a tus pies y hasta convencías a Robert De Niro para que hiciese el monstruo de Frankenstein.

De Mary Shelley volviste al Bardo de Avon: se te permitió filmar un Hamlet de más de 4 horas, con los sires, John Gielgud, John Mills. Woody Allen te encargó que fueras su álter ego en Celebrity, en blanco y negro y con un ¡Help! final escrito en las nubes. Cuando fuimos campeones. Nunca sabes en qué momento se pierde la baraka. En tu caso fue como una evaporación. Todo se derrumbó dentro y fuera de ti. Por supuesto, Emma. Ahora andabas dando tumbos, de nazi partenaire de Cruise en Valkiria. O dirigiendo el último Jack Ryan.

Las campiñas de la Toscana

Ahora clausuras Berlín y lo haces pagado por el oro de Disney. Y has pasado de Otelo a Cenicienta. De la batalla de Agincourt a si el zapatito encaja. Branagh, pájaro, te has vendido al Pato Donald y lo comprendemos. Te cansaste de ser sublime todo el tiempo; empezaste tan joven. Y lo de Cinderella no te queda feo. En el fondo siempre fuiste un poco cursi, desde aquellas campiñas de la Toscana y los romances de Mucho ruido y pocas nueces. Pues eso, Cinderella da para lo justo. Un alivio molto vivace. Te permites alguna broma con la monarquía, dejas que Cate Blanchett borde a la Madrastra, gran dominatrix de esta Berlinale sombría. No has venido, señor, a robarnos el corazón.

En esta última jornada, cuando el resumen pobre del festival hablaba chileno (la película importante de todo el concurso es solo una: El Club, de Pablo Larraín; y luego está El botón de nácar, del también chileno Patricio Guzmán), apareció una buena noticia: Cha và con và, de Phang Dan Di, es una desasosegante y muy bella película vietnamita que habla del Saigón canalla, de la cámara voyeur o flâneur, de los amores vedados, de cuerpos habitados por otra piel. Hay ecos de Fassbinder y, al tiempo, es pudorosa. Ojalá ganase algo esta tarde... Y no se produzca esa profecía autocumplida que quiere resucitar a Peter Greenaway, Terrence Malick o al heredero de Alexei German por la senda donde van a morir los elefantes.

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