Paul McCarthy, de la provocación abierta a la ambigüedad calculada

El ataque a una de sus esculturas, última polémica en la carrera del artista


redacción / la voz

¿Un inocente árbol o un juguete sexual? De la diferencia de percepciones nace el ataque a la escultura Tree que el norteamericano Paul McCarthy instaló en la parisina plaza Vendôme y que fue saboteada hasta obligar a su desmontaje; una agresión que también alcanzó al propio artista, abofeteado por un hombre tras instalar la pieza. Precisamente esa ambigüedad en la mirada también está en la base de la provocación que ha caracterizado la carrera de McCarthy. Sus obras juegan -también en el sentido lúdico- a subvertir códigos profundamente instalados en la conciencia colectiva, desde la pureza o la inocencia a otros generados por la propia sociedad, especialmente la de su país: del kétchup a Walt Disney, pasando por el wéstern. En otras ocasiones, a diferencia de Tree, su provocación es más abierta, como evidencia el título de su escultura Santa Claus tapón anal.

Nacido en 1945 en Salt Lake City, McCarthy ha ido depurando su discurso anticonformista y antiautoritario, cuyos inicios se remontan a la agitación de la década de los sesenta. El happening, tan en boga, era un medio idóneo: se valía de la comunicación directa con el público y apostaba por sacar al arte del comercialismo de galerías y la institucionalización museística. En sus primeras incursiones reducía a cenizas sus cuadros (Black Paintings, 1968) o saltaba por una ventana (Sudden Leap, 1967). En la siguiente década protagonizó un acercamiento personal al pop art, pintando con kétchup, mayonesa y chocolate. Para ejecutar sus obras, recurría tanto a sus pies y cabeza (Painting, Wall Whip, 1974) como su pene (Penis painting, 1973). En Sailor?s Meat simulaba copular con carne cruda.

De los happenings comenzó a vender el material usado -reliquias, como eran llamadas-, y las actuaciones empezaron a ser registradas en película o vídeo. En estas cintas parodiaba las comedias de situación, a la vez que arrojaba su vitriolo contra las instituciones a través de ridiculizar a sus máximos representantes: en Bunker Basement, del 2003, una orgía reúne a Bush y Bin Laden.

Las esculturas de McCarthy también fueron terreno abonado para su irreverencia. El cuerpo humano y animal asumían buena parte del protagonismo. Bush volvía a ser el blanco de su sarcasmo en una pieza que lo representaba practicando sexo anal con un cerdo. Michael Jackson también fue parodiado, como la serie fílmica Piratas del Caribe, personajes de la factoría Disney como los enanitos de Blancanieves o incluso personajes tan arraigados como Pinocho o el mismísimo Santa Claus, representado, esta vez abiertamente, con un tapón anal.

La obra de McCarthy gana cuando prescinde de la confrontación en favor de las sutilezas de la ambigüedad. «Creo que la genialidad de sus creaciones consiste en que podría ser un árbol de Navidad, pero a la vez tienes que proyectar sobre él un tapón anal, y entonces o sonríes o enloqueces con lo que consideras la pérdida de los valores familiares», reflexiona Gabriel Pérez-Barreiro, director de la colección de arte Patricia Phelps de Cisneros. «La escultura, de este modo, funciona como un espejo de nuestras perversiones, y eso es lo que incomoda a la gente».

McCarthy prepara una nueva intervención en París a modo de respuesta al ataque. Se negó a hinchar de nuevo Tree, pero en breve inaugurará Chocolate Factory, donde grabaciones emitirán con su voz los mismos insultos que recibió y se venderán miniaturas en chocolate de sus llamados «enanos fálicos».

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