venecia / e. la voz

En pocas ocasiones recuerdo que un festival de serie A haya programado en días consecutivos dos películas donde la clave de bóveda de ambas sea el mismo intérprete. Esta situación, acaecida ayer en Venecia con Al Pacino, somete al actor a una exposición extrema y de riesgo elevado, porque esa duplicidad puede devenir destructiva a la hora de analizar su trabajo, de encontrar fisuras, tics, inautenticidades en ese ajuste fino que es comparar ambos registros.

Pacino vivía en la última década un declive clamoroso. Hay que remontarse al 2002, cuando protagonizó Insomnia junto a Robin Williams, para encontrar una película reseñable en su bagaje, y solo la televisión, para la cual se encarnó en el doctor Kevorkian y en Phil Spector le ayudó en este tiempo a mantenerse visible.

Por eso es que esta doble y colosal exhibición veneciana del actor en la formidable película The Humbling y en la moralista y de un ternurismo fácil Manglehorn posee el efecto clamoroso de condensarse en el renacimiento para el cine de Al Pacino, capaz, sin duda, de depararnos una etapa que engrandezca todavía la magnitud de su filmografía.

Por esas cuestiones de política de festival, The Humbling, excepcional, se presenta fuera de concurso, quizás porque la dirige un director de la vieja escuela como Barry Levinson y, por el contrario, la diminuta y olvidable Manglehorn compite por el León de Oro al llevar la firma de un director de moda, el sobrevalorado David Gordon Greene.

Es un prodigio la forma en la que Pacino, salta al trapecio que es The Humbling. Su antihéroe, ese actor de teatro neurótico y neutralizado, un casi anciano que cae en las garras de una lolita lésbica, el último de los hombres descoyuntados nacidos de la pluma de Philip Roth, se mueve siempre en el filo, al borde del descalabro. Y una y otra vez se produce el prodigio de que Pacino y, con él, el filme, con guion del gran Buck Henry, hacen el triple salto, sobre las situaciones oníricas o surreales cuya dificultad planteaba el texto de Roth, para afirmarse en una obra que tenía todas las bazas para perder el norte pero que nos transporta, con frenésí y delirio y maestría, a cotas soberbias.

La decepción la deparó Benoît Jacquot y su fallido melodrama 3 Coeurs. Todo suena a inverosímil en este triángulo nada pasional entre un hombre y dos hermanas, Charlotte Gainsbourg y Chiara Mastroianni, cuya madre es una Catherine Deneuve a cada paso más prescindible.

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El renacimiento de Al Pacino