El Thyssen revive la pintura victoriana

El museo exhibe 50 joyas de la colección mexicana Pérez-Simón, que atesora lo mejor de una escuela que estuvo sepultada durante un siglo

Detalle de «Las rosas de Heliogábalo» (1888), de Lawrence Alma-Tadema, óleo integrado en la exposición.
Detalle de «Las rosas de Heliogábalo» (1888), de Lawrence Alma-Tadema, óleo integrado en la exposición.

Madrid / Colpisa

Sir Lawrence Alma-Tadema fue un pintor de notabilísimo éxito en la Inglaterra del XIX. Cénit de la pintura victoriana y eduardiana, la aristocracia y la burguesía industrial se rifaban sus cuadros en que recreaba la intimidad del mundo clásico, el esplendor de las villas romanas y exaltaba la belleza femenina en una pintura preciosista y de corte académico.

Pero con el siglo cambiaron los gustos y la revolución impresionista y demás ismos emergentes arrumbaron una escuela cuyo certificado de muere llegaría con la Gran Guerra. Es ahora, un siglo después, cuando renace el interés y la sepultada pintura victoriana vuelve a cotizar con fuerza en el mercado y resurge en la programación de los museos.

Prueba de esa resurrección es la exposición que acoge hasta octubre el museo Thyssen-Bornemisza, Alma-Tadema y la pintura victoriana, una espectacular selección de 50 de las mejores piezas de esta época que proceden de la ecléctica colección del mexicano Juan Antonio Pérez Simón. Antiguo socio de su multimillonario compatriota Carlos Slim, atesora más de tres mil piezas de todos los géneros y maestros. Un millar son grandes obras, del Renacimiento a Turner o Sorolla pasando por Murillo y Ribera, «aunque es el siglo XIX, y la pintura victoriana, sobre todo, el momento más brillante de la colección», según Guillermo Solana, director del Thyssen.

En las últimas tres décadas Pérez Simón se ha dedicado a adquirir pintura victoriana a unos precios más que interesantes antes de que volviera a dispararse el interés. Tanto que un coleccionista catarí pagó más de 16 millones de euros por un lienzo de Alma-Tadema de ambientación egipcia que hasta hace nada habría seguido acumulando polvo en el almacén de algún museo o en un vetusto salón. A la muerte de Alma-Tadema en 1912 el crítico Roger Fry dijo en su necrológica que era «el ejemplo extremo del materialismo comercial de nuestra civilización», y «encarnación de todo lo que los modernos militantes detestaban». Era el primer capítulo de una centenaria exclusión. La exposición, que llega al Thyssen tras su paso por París y Roma camino de Londres, descubre al público la sensualidad esteticista de algunos de los artistas más significativos de la pintura inglesa del XIX. Alma-Tadema es la piedra angular, y junto a sus pinturas se exhiben las de Edward Burne-Jones, Sir Frederic Leighton, Albert J. Moore o Dante Gabriel Rossetti.

Todos cultivaron en sus obras valores en fuerte contraste con las actitudes moralizantes de la época, como la vuelta a la antigüedad clásica grecorromana y los maestros antiguos. Se recrean en el desnudo femenino, representado según los cánones clásicos, en las suntuosas decoraciones y las referencias a las leyendas y temas medievales que habían heredado de los prerrafaelitas y las de temática artúrica que la poesía contemporánea había puesto otra vez de moda.

Véronique Gerard-Powell, profesora de la Sorbona y responsable de la selección, incluyó algunos de los iconos del arte británico como Las rosas de Heliogábalo, de Alma-Tadema, y joya de la muestra; Muchachas griegas recogiendo guijarros en el mar, de Leighton; El cuarteto, de Moore; o Andrómeda, de Poynter. Todos triunfaron en vida, bajo los reinados de Victoria (1837-1901) y de su hijo Eduardo (1901-1910), pero el cambio de canon los enterró.

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