«La venganza es algo muy fútil»

Xesús Fraga
xesús fraga REDACCIÓN / LA VOZ

CULTURA

BENITO ORDOÑEZ

A sus 87 años, Jesús Pardo comparte a través de una nueva novela referencias vitales como el desempeñar una corresponsalía en Ginebra para la agencia Newsworld

07 jun 2014 . Actualizado a las 11:24 h.

Cinco años después de concluir su trilogía memorialística con Borrón y cuenta vieja, Jesús Pardo (Torrelavega, 1927) regresa a la novela con Rojo perla (El Desvelo Ediciones), una ficción en torno a un periodista que, sin llegar a ser un trasunto del autor, sí comparte referencias vitales como el desempeñar una corresponsalía en Ginebra para la agencia Newsworld, donde tendrá un peculiar compañero gallego.

-¿De dónde sale este Lourido?

-Ese hombre existió de verdad. Había estudiado para cura, a mitad de camino se escapó y luego apareció en la Guerra Civil como comisario político. Al terminar lo lógico y lo natural es que lo fusilaran, pero se salvó porque era el protegido del obispo de no sé dónde. Era un tipo habilísimo, que no se sabía cuándo era rojo y cuándo era blanco. Lo usé porque era un caso notable.

-Otro gallego que aparece en el libro es Romeiro, que entiendo está basado en Alejandro Armesto, director de la agencia Efe.

-Fue mi protector, me ayudó muchísimo. Porque yo no me llevaba bien con la gente de Efe, pero Armesto era un hombre encantador. Le quería mucho.

-Ya relató en «Memorias de memoria» su paso por la agencia, con altibajos como los del personaje de su novela...

-Completamente. Había una mediocridad general, una gente de lo más antipática, siempre echándote la zancadilla. Yo siempre he pensado que ser enemigo de la clase dirigente española es un acto de patriotismo, porque es gente indeseable. Son ignorantes, envidiosos. No me refiero a la aristocracia, me refiero a la subclase dirigente. Están siempre buscando puestos para esto, para lo otro. El español medio no debe de ser, creo, a ojos de los extranjeros, demasiado atractivo.

-Para usted fue vital irse: califica su estancia en Londres de «reeducación sentimental».

-Yo llegué a Londres a los 22 años; se acababa de morir una tía mía y con la pequeña herencia que me dejó me fui allá. Yo era fascista, era muy de derechas. Pero en un año me convertí en un demócrata moderno. Porque hay que ser muy bestia para no darse cuenta en Londres de que su sistema es mejor que el otro.

-¿Y cree que ahora la democracia española se ha homologado con la inglesa o con la europea?

-No, no, no. Sigue estando tremendamente corrompida, no funciona en absoluto. Y aquí hace falta algo. Aquí hace falta una revolución. Primero, el político español no ha recibido un voto jamás en su vida, no sabe lo que es un elector. Él pertenece a un partido y la gente vota al jefe del partido, y este te nombra o no te nombra. Igual que hacía Franco, exactamente igual. España ha corrompido la democracia de tal manera que es una especie de dictadura matizada por una serie de leyes y de cosas.

-Hay humor inglés en sus memorias, de reírse de uno mismo.

-Yo creo que soy muy español, pero soy un español un poco insólito, porque hago cosas que no se hacen. No las hago para epatar a la gente ni para que me admiren, porque soy así. En las memorias no no me meto con nadie. Me limito a contar cosas como fueron. «Ah, tú te metes con Fulanito». Qué me voy a meter con él. Cuento cosas de Fulanito. Si hay que contar que era un chico estupendo, que sabía griego, pues quedaría muy tonto. Yo cuento lo que recordaba de él. ¿Qué culpa tengo yo de que me dejara esos recuerdos? Escribo los recuerdos que me dejó, pero eso aquí no lo entienden. Por ejemplo, Cela. Un día le dije: «En tus memorias deberías contar las cosas como fueron, porque hay casos en los que siempre sales como el hombre más listo del mundo y eso no son unas memorias». Se rio de mí. La rosa, que es un libro precioso, está echado a perder por tonterías de estas.

-¿A qué cree que se debe? ¿Pudor? ¿Miedo a descubrir las debilidades de uno?

-Yo creo que son los residuos de la Inquisición. El español medio, instintivamente, se anda con cuidado cuando habla. Con Franco ya nos cogieron con mucha práctica. Franco pedía pero ya se lo dábamos nosotros gratis [ríe]. Autorretrato lo leyó toda España. Yo estaba asombrado. Me paraba gente por la calle. Fueron unos meses de auténtico triunfo, aunque duró poco tiempo. Y todo porque decía la verdad.

-También hubo quien pensó que lo movía el afán de venganza...

-No, porque la venganza es algo muy fútil. Qué hago yo con Fulanito, que me hizo una faena hace veinte años. Allá él. Pero hay gente que es muy vengativa y no olvida nunca.

jesús pardo escritor