Buenos Aires, capital mundial de la literatura en español

La Feria del Libro es la más popular y concurrida del ámbito de habla hispana


| En la última edición de la Feria del Libro de Madrid las colas se prolongaban delante de las casetas donde la peculiar fauna televisiva (de Mario Vaquerizo a Jorge Javier Vázquez) firmaba ejemplares de sus obras a sus inagotables fans. Es un signo de los tiempos que, sin embargo, no se exporta a otras latitudes. A diez mil kilómetros de distancia la Feria del Libro de Buenos Aires celebra este año su 40.ª edición con otro espíritu y otra letra en el guion. En el recinto ferial de La Rural, un inmenso espacio en pleno corazón de la capital federal, la segunda gran cita literaria de América Latina tras la de Guadalajara (México) reúne desde el 24 de abril al 12 de mayo 1.500 expositores de 40 países que dan forma durante estas tres semanas a una ciudad paralela de 45.000 metros cuadrados.

La argentina de origen gallego Nelly Espiño, de la Fundación el Libro, la entidad que organiza la feria desde 1975, evoca el impacto de la visita, hace unos años, de Ray Bradbury. «Estuvo fantástico. Había unas colas interminables de lectores que querían que les dedicase sus libros. Y hasta que firmó el último ejemplar del último fan no se levantó de su silla. Incluso cerraron la feria, porque ya era de noche y había llegado la hora del cierre, y él siguió en su sitio firmando hasta que ya no había nadie en la cola», recuerda Espiño.

La otra feria

Es solo un ejemplo de lo que significa la feria para una ciudad que respira literatura por todos sus poros. Incluso el Subte -el metro bonaerense- se ha sumado estos días a los festejos decorando las escaleras que descienden a los andenes a modo de lomos de libros.

Precisamente Cortázar, una de las voces mayores de la literatura argentina, es uno de los grandes protagonistas de lo que en Buenos Aires llaman el «capítulo 40» de la feria. Alfaguara apuesta fuerte en su stand por uno de sus autores de cabecera, del que se conmemora este año un doble aniversario: el centenario de su nacimiento y los treinta años de su fallecimiento. Alfaguara, como el resto de las editoriales españolas, tiene que cumplir escrupulosamente con la estricta legislación local, que prohíbe vender en Argentina libros impresos en otros países. La normativa ha reducido la presencia española en la gran cita bonaerense, aunque los grandes grupos, como Alfaguara o Planeta, ya imprimen en Argentina sus textos. Si el editor no se pliega a esta norma, puede exhibir sus títulos en la feria, pero no venderlos, un hándicap nada desdeñable en un recinto que potencia sin tapujos las ventas y las transacciones comerciales.

La gran cita de esta edición de la feria tuvo lugar el domingo 27 de abril. Esa tarde, en la sala Jorge Luis Borges -la de mayor capacidad de La Rural, con un aforo para 800 espectadores-, se reunieron para ofrecer una charla nada menos que Paul Auster y J. M. Coetzee, que leyeron y comentaron el intercambio epistolar que recoge su volumen conjunto Aquí y ahora (Anagrama y Mondadori). Según recogían las crónicas de Clarín y La Nación, los asistentes guardaron cola pacientemente desde la una de la tarde hasta las seis y media (hora prevista para el inicio de la conversación) y quienes no pudieron acceder a la sala Jorge Luis Borges siguieron el acto a través de una pantalla gigante situada en el exterior. Recordando el paso de Bradbury por Buenos Aires, Auster y Coetzee tampoco decepcionaron a las 1.500 personas que esperaron en la carpa montada en la avenida Sarmiento para que los dos escritores les dedicasen sus libros. Como el legendario Bradbury, cumplieron.

Una afluencia de público realmente notable para estos tiempos, sobre todo si pensamos que, al contrario que en las grandes ferias literarias españolas, en Buenos Aires los visitantes tienen que pagar religiosamente su entrada para acceder al recinto: 25 pesos (2,5 euros) de lunes a jueves y 40 pesos (4 euros) los fines de semana y los festivos.

Y, a pesar de ser de pago, la feria suma cada año la friolera de un millón de visitantes, lo que convierte un paseo por La Rural durante los fines de semana en un gesto realmente heroico. «El primer fin de semana no es el más intenso, pero a partir del segundo es una multitud la que recorre el recinto. Es impresionante», explica Nelly Espiño

«Todas las ferias, la feria», tituló evocando a Cortázar el suplemento cultural Ñ de Clarín su número especial dedicado al certamen, en el que analizaba las similitudes y diferencias entre Buenos Aires y otras grandes citas literarias, como las de Frankfurt, Hay o la de Guadalajara.

Según recalcan desde la organización, el millón de visitantes y los diez mil profesionales que acuden cada año al recinto convierten a la Feria del Libro de Buenos Aires en «la más concurrida del mundo de habla hispana», solo superada en influencia y movimientos comerciales por la de Guadalajara.

Y entre estos expositores destaca la presencia ininterrumpida de Galicia, que desde 1975 ha contado con stand propio en la feria, primero en solitario con el Instituto Argentino de Cultura Gallega (vinculado al Centro Gallego de Buenos Aires y responsable, entre otras iniciativas, del histórico sello Edicións Galicia) y ahora compartiendo espacio y promoción con el área de Cultura de la Xunta.

Una cita singular

Hay dos claves que tal vez expliquen la singularidad de la cita bonaerense. Una es la presencia muy sobresaliente de espacios destinados a literatura infantil y juvenil. Se mima la cantera y, como saben los gurús del fútbol, eso da resultado a medio y largo plazo. No sorprende ver a los pequeños revolviendo entre los mostradores, donde conviven desde El discurso del oso, del omnipresente Cortázar, hasta las últimas novedades de la también omnipresente estrella televisiva Violetta.

Otro de los puntos fuertes de la feria es el logrado equilibrio entre calidad y tirón comercial. Auster y Coetzee, que recibieron a su paso por Buenos Aires tratamiento de estrellas de rock, compartieron cartel con autores españoles con un fuerte respaldo de ventas como Arturo Pérez-Reverte, Almudena Grandes, Julia Navarro o Albert Espinosa.

Aunque tal vez todo tenga una explicación más sencilla. La que dio, en la inauguración de la feria, el incombustible Quino. El padre de Mafalda razonó así: «Dibujo para que el mundo vaya para el lado de los buenos, el de los Beatles, el de John Lennon». Tal vez eso lo explique todo. Por eso escribimos. Por eso leemos.

A unos metros de La Rural, en la avenida de Santa Fe, el bibliófilo encuentra un auténtico filón en los puestos de libros antiguos. Raúl Rodríguez es argentino, pero su padre, Daniel Rodríguez, era un librero de A Fonsagrada que logró su caseta en la avenida después de dejarse el pellejo trabajando en el Subte. Raúl recuerda emocionado a su padre, fallecido hace unos años, mientras enseña orgulloso una primera edición de Octaedro, de Julio Cortázar, y piezas de coleccionista de Francisco Luis Bernárdez o Jorge Luis Borges. «Antes venían muchos españoles por aquí, sobre todo a buscar ediciones ya descatalogadas de Aguilar, pero ahora se nota que ya no hay tanta plata allá», apunta el librero, que reivindica orgulloso su origen gallego ante un mural de Cortázar y su emblemática Rayuela.

Conoce toda nuestra oferta de newsletters

Hemos creado para ti una selección de contenidos para que los recibas cómodamente en tu correo electrónico. Descubre nuestro nuevo servicio.

Votación
0 votos

Buenos Aires, capital mundial de la literatura en español