La falsificación de obras de arte, un negocio difícil de erradicar

Las técnicas de autentificación han mejorado mucho, pero no siempre sirven


Es posible que si no fuera por un pequeño desliz -en una inscripción cuneiforme, por ejemplo-, un leve detalle, a día de hoy importantes museos británicos presumirían de tener entre sus fondos desde distintos objetos romanos y egipcios hasta esculturas de Henry Moore o algún que otro cuadro de Van Gogh o Gauguin. El británico Shaun Greenhalgh tenía una habilidad excepcional para reproducir a la perfección piezas antiguas, o modernas, tanta como maña para luego venderlas a reputadas instituciones de Inglaterra. Estudiaba cada obra y aplicaba las técnicas adecuadas hasta lograr el engaño: envejecía las esculturas provocándoles desconchaduras y rayados, decoloraba los cuadros operando con distintos baños de imprimación; es decir, preparaba hasta el milímetro cada superficie de la supuesta obra de arte original. Pero, sin embargo, no conocía en profundidad la escritura de los sumerios, y un error garrafal de transcripción en unos hipotéticos relieves asirios frustró en el 2007 una brillante carrera como falsificador con casi veinte años de actividad.

Ahora ha surgido el muy sonoro caso del marchante lucense Carlos Bergantiños, buscado por el FBI y detenido hace unos días en Sevilla, pero las falsificaciones han existido siempre, posiblemente desde el mismo momento en que nacen las obras de arte. Se sabe que los patricios romanos llenaron sus casas de réplicas griegas que los comerciantes de la época hacían pasar por auténticas. Pero entonces los sistemas para desenmascarar la impostura eran muy precarios. Desde hace décadas los medios se han sofisticado hasta tal punto que en una pintura, por ejemplo, es posible reconocer si un pigmento es anterior o posterior al fallecimiento del artista, la exactitud de la distribución de cada una de las capas de color, las alteraciones realizadas? e incluso el ADN de los hongos que se han hospedado a lo largo del tiempo en ella.

Carbono 14

Los recursos actuales, desde el método del Carbono 14 hasta la última generación en Rayos X, la reflectografía o el láser, dificultan el trabajo de estos virtuosos copistas, aunque bien es cierto que la diligencia en el seguimiento y persecución corre paralela a la rapidez con que avanzan las estrategias de falsificación. Con todo, cada vez son más los decomisos y más experimentados los peritos.

Los imitadores son tenaces, tienen paciencia y grandes dotes técnicas, por lo que no hay época ni estilo que se les resista. Greenhalgh era un auténtico versado en casi todos, otros como Tom Keating se limitan a Degas o Constable, al búlgaro Elmyr de Hory le gustaban las vanguardias parisinas y el que es uno de los más conocidos impostores, Hans Van Meegeren, solo sentía inclinación por las composiciones de Vermeer. En el siglo pasado, este holandés engañó con sus plagios a diferentes museos europeos. Se atrevió incluso a vender un cuadro al propio Goebbels. Para el pintor chino Pei-Shen Qian, enredado en la supuesta trama de falsificaciones lucense, autores como Pollock y De Kooning no tenían secreto.

Velázquez, Goya, Salvador Dalí, Frida Kahlo, Amedeo Modigliani, Giacometti, Mondrian son algunos de los artistas más imitados, aunque la palma se la lleven Van Gogh y Picasso. Recientemente hasta Damien Hirst se ha quejado de que algún majadero le ha parodiado. Algo que, pensándolo bien, no parece tan difícil.

En Galicia ha habido autores cuya obra resultó ser más propensa que la de otros a caer en manos de estas redes como es el caso de Laxeiro, Luis Seoane, Maruja Mallo, Eugenio Granell o Carlos Maside. Para autentificar las piezas lo mejor siempre es recurrir, si fuera posible, al propio autor o a sus herederos; de no ser posible, es recomendable acudir a fundaciones o museos donde existen especialistas en verificar las obras. Aun así -ni mediando estas garantías-, a veces es muy difícil descubrir el posible fraude.

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