Liza Minnelli, vida y milagros de la nieta del mago de Oz

La humillación infligida por Ellen Degeneres en los Óscar ha rescatado del olvido a la actriz. En el estadio de los Yankees la consideran gafe. Cuando pierden suena su versión de «New York, New York». Cuando ganan, la de Sinatra


Antes de que, en la madrugada del domingo pasase a ser trending topic mundial, feamente agraviada por Ellen DeGeneres, la vida de Liza Minnelli permanecía en un cargado letargo con pinta de sueño eterno. Es verdad que en el 2011 dio un triunfante recital en el Olympia de París y que los franceses la halagaron dándole la Legión de Honor. Pero, bueno, la Legión de Honor se la han dado también a Sylvester Stallone; en realidad, cuando no tienen otra cosa que hacer, los franceses te dan una Legión de Honor a poco que pases por allí.

Así que tratemos de recapitular sobre lo que han dado de sí los 67 años -68 el miércoles próximo- de Liza May Minnelli. Como saben, es la única descendiente de Vincente Minnelli y Judy Garland, algo así como una dinastía del musical americano, de forma y manera que Liza nació, después de una cesárea, para ser la heredera del trono.

Y no pudo comenzar mejor: debutó, con tres años, en el musical protagonizado por su madre y co-dirigido por Robert Z. Leonard y Buster Keaton En aquel viejo verano. En su adolescencia, se hizo amiga de Marilyn Monroe y pudo comprobar, en primer plano, cómo Hollywood engullía y trituraba a su juguete roto más caro y fascinante.

Esa marca del destino fatal de las estrellas nacidas para la inmolación la vivió más de cerca con su madre. El historial de Judy Garland -como Marilyn, devorada por los barbitúricos y el alcohol, y atormentada también por otra adicción común, el psicoanálisis- concluye en un cul-de-sac en Londres cuando, en el intermedio de un recital en Chelsea, sufre un colapso y fallece de una sobredosis de pastillas.

Liza, que había tomado la alternativa junto a su madre, poco antes, en el London Paladium, pagó el entierro y trató de reinventarse en Hollywood. Ese mismo año obtiene su primera nominación al Oscar por El cuco estéril, de Alan J. Pakula. Pero su acontecimiento cósmico, interestelar, que diría Leire Pajín, estaba por llegar.

En 1971, Barbra Streisand, en la cima de su carrera, acababa de encajar mal el fracaso de un film musical, Vuelve a mí, que marca el ocaso de, precisamente, Vincente Minnelli. Decidida a desencasillarse del género, Streisand rechaza sin miramientos la oferta de Bob Fosse para encarnar a una joven cantante inglesa, Sally Bowles, en el Berlín que incuba ya el huevo de la serpiente del nazismo. Fosse se la juega entonces con la emergente pero inexperta Liza Minnelli. Y ahí nace la estrella.

Cabaret -adaptación del musical basado en el relato crepuscular del gran Christopher Isherwood Adiós a Berlín, y en la obra de John Van Druiten, llevada al cine en Inglaterra, Soy una cámara- gana ocho Oscar, entre ellos el que se lleva Liza. Icónica, con el aura de una Judy Garland rediviva a lomos del libérrimo espíritu seventies, Liza May se pone la corona dinástica. Pero todo lo que podía salir mal, así devino. Protagoniza musicales disparatados (Los aventureros de Lucky Lady, de Stanley Donen), se reconcilia con su padre y filma Nina, un fracaso que jubiló definitivamente a Minnelli; se enamora de Martin Scorsese y rueda con él y contra Robert De Niro New York, New York, otro batacazo en la taquilla (hoy recuperada como cult movie).

Y, como el fantasma del padre de Hamlet, la sombra de Judy Garland la visita. Liza cae en una espiral de alcohol y fármacos. Se hace inquilina de la clínica de desintoxicación Betty Ford. Se torna en polvo de estrellas. En el Yanquee Stadium, en cada partido suena New York, New York. Cuando el equipo de casa gana, en la versión de Sinatra. Cuando pierden, en la de la gafe Liza Minnelli. Se divorcia tres veces en seis años; sus amigos íntimos, Freddie Mercury, Rock Hudson, caen, y con ellos, la cortinilla de libertad de los felices 70. Le dan el Razzie, el Premio a la Peor Actriz, por Arthur 2. Está a punto de morir por una encefalitis vírica. Se desvanece en un especial de Navidad en Estocolmo.

Imagino que entonces escucharía los cantos de sirena de su vieja amiga Marilyn Monroe, los de su propia madre. Aguantó, amarrada al mástil. Se reinventó de nuevo con una memorable aparición en Sexo en Nueva York 2 interpretando Single Ladies. Y se aireó en Europa. En San Sebastián, en cuyo festival de Jazz apareció, por sorpresa, en el 2008. En el Olympia, que la mima en el 2011. Su nombre, Liza, se lo pusieron Judy Garland y Vincente Minneli por el personaje del musical de su padrino, Ira Gerwshin, Hasta que las nubes pasen. No creo que el snobismo macarra de Ellen DeGeneres, su excluyente selfie hortera, hagan mella en quien ha viajado toda una vida a través de la tormenta.

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