Oscars 2014: Los grandes perdedores de la historia de los Oscars

Peter O'Toole, Richard Burton, Fellini, Hitchcock o Geln Close encabezan la lista negra de la Academia


La Voz

En esto de los Oscar, siempre ha estado claro que lo importante no era participar. Los premios del gran negocio del cine, el show-bizz, carecen de sentido olímpico de género alguno. La lucha por su codiciada calva ha dado lugar a familias rotas -recuerden a las hermanas Olivia de Havilland y Joan Fontaine, enfrentadas desde el premio en 1939 a la Melania de Lo que el viento se llevó hasta la muerte de Fontaine el pasado diciembre- y a guerras de egos en las que todo ha valido (Elizabeth Taylor estuvo a punto de morir en la mesa de operaciones y su milagrosa supervivencia motivó que lo ganara por la infumable Una mujer marcada, frente a la eterna favorita Deborah Kerr, la actriz más nominada, 7 veces, sin éxito).

La propia realización de los momentos en los que se abre el sobre del vencedor, con esa pantalla dividida entre los cinco candidatos que tienen que ensayar sus mejores caras de mus, es indicativa de que de los Oscar se sale glorificado o en parihuelas, en una metáfora perfecta de la sociedad norteamericana, que venera el triunfo y abomina de la derrota, sin medias tintas propias del capitalismo renano.

En la batalla del próximo domingo en el Kodak Theatre no hay apenas «perdedor vocacional» estelar, con el morbo que estos añaden a la ceremonia. Toda esa pesada carga le corresponderá a Leo Di Caprio. En cambio, la noche de los Oscars estará repleta de ganadores más o menos cercanos (Jennifer Lawrence, Meryl Streep, Christian Bale, Cate Blanchett, Sandra Bullock, Julia Roberts, Judi Dench), e incluso Martin Scorsese, ecce homo de hasta siete candidaturas fallidas, se quitó presión cuando se lo dieron por una de sus más impersonales cintas, Infiltrados, y en cambio está prácticamente descartado ahora por su obra maestra sobre la orgía del dinero, las drogas y el sexo hiperbólico.

Viajemos aleatoriamente por la galería de perdedores históricos de los Oscar: la mayor graduación, la de barrica, se la disputan dos colosos británicos. Peter O'Toole y Richard Burton suman quince nominaciones fallidas con diferente talante. A Burton, tal y como revelan sus Diarios recientemente publicados, desde su pesimismo vital miró con desdén a la Academia por 7 veces. En cambio, al más sensible irlandés O'Toole le exasperaron las 8 ocasiones en que se le postuló, hasta el punto de que estuvo a punto de negarse a recibir el amortajado Oscar honorífico en el final de su carrera.

Como Deborah Kerr, o el citado Burton, hasta 7 años Hollywood le negó la suerte a Robert Altman. La última, cuando era favorito por Gosford Park, con el ensañamiento que pensaban que merecía quien se había burlado de la industria del cine en The Player.

Como lo lleva con buen rollo, pocos dirían que Glenn Close es la figura viva con un mayor número de bajonazos: seis nominaciones para volver a casa de vacío.

Siempre se reúne a Hitchcock y a Kubrick (5 y 4 candidaturas) para dejar en evidencia la frivolidad de los Oscar. Se descuenta el Oscar que Kubrick ganó por los efectos especiales de 2001, igual que no se contabiliza el que le dieron a Chaplin por la banda sonora de Candilejas.

Se habla menos de la miopía que dejó a Marilyn Monroe sin siquiera una nominación, o al gran Sidney Lumet sin éxito en sus 4 oportunidades. Y a Fellini, que optó a una docena de Oscar sin llevarse ni uno, tampoco se le cita mucho, quizás por ser de Rimini y rodar en italiano.

Curiosamente, hay algunos perfiles de grandes derrotados solo por su carisma. Todo Hollywood pareció respirar aliviado cuando Henry Fonda lo ganó por En el estanque dorado; pero es que en toda su carrera, Fonda solo había sido nominado antes en una ocasión, por Las uvas de la ira, en 1940. Todos recuerdan como tremendamente cruel lo que se hizo con Lauren Bacall, a quien se la nominó en 1997, con 73 años y casi retirada, por El amor tiene dos caras. Todos los pronósticos descontaban que el Oscar sería para ella. Y el obligado gesto de circunstancias de La Flaca cuando ganó Juliette Binoche subida a la cresta de la ola de El paciente inglés, se vio como uno de los desplantes más descorteses de la Academia con sus iconos. La misma inelegancia llevó a Paul Newman, tras 7 noches amargas, a no asistir cuando, por fin lo ganó por El color del dinero.

Aunque, puestos a presenciar faltas de clemencia, siéntense el domingo a ver la 86.ª edición de los Oscar y aguarden a la categoría del Oscar a la mejor fotografía: será la undécima candidatura del británico Roger Deakins en veinte años, esta vez por Prisoners, y tampoco esta vez, me temo, se podrá dar un homenaje.

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