La gala de los Premios Goya, de cabreo en cabreo

Si el año pasado la subida del IVA cultural y los recortes del Gobierno protagonizaron los discursos de los premiados y el monólogo de la presentadora, este año el hachazo a las subvenciones al cine español tiene todas las papeletas para convertirse en el nuevo tema de conversación


Redacción

La gala de los Premios Goya del 2003 marcó un antes y un después. Enfurecida e indignada -cuando todavía estas palabras no contaban con el significado reforzado que ahora poseen-, la ceremonia se levantó contra la guerra. Se convirtió en una altavoz público contra el belicismo, un gesto de rechazo al que se sumaron actores, directores y cómicos, respaldados por un sector con ganas de otro tipo de guerra, la de los reproches. Aprovechando el directo que TVE brindaba cada año a la entrega de premios, los abanderados del cine español alzaron la voz para protestar por el militarismo norteamericano, por las políticas de inmigración, la censura de las televisiones y por el Prestige. Un Tosar once años más joven subió al escenario para recoger su Goya con una pegatina de Nunca máis, clamor al que se sumó Javier Bardem y Ángel Egido. En 1998,el presidente en funciones, José Luis Borau, ya había alzado las manos, pintadas de blanco, en protesta por el asesinato en Sevilla a manos de ETA de Alberto Jiménez-Becerril y su esposa.

En el 2004, Julio Medem llegó a la Academia con el documental La pelota vasca. La piel contra la piedra bajo el brazo. La producción, una sucesión de entrevistas a exintegrantes de Herri Batasuna y ETA, levantó ampollas entre los miembros de la Asociación de Víctimas del Terrorismo (AVT) que se plantaron a las puertas del edificio madrileño para increpar al director. Durante la gala, la entonces presidenta, Mercedes Sampietro, manifestó su total apoyo a Medem, incidiendo en la defensa incuestionable de la institución de la libertad de expresión y su «rechazo absoluto a cualquier forma de censura de las obras de creación».

La vocación de protesta ensayada durante estos dos años fue afianzándose y mejorándose con el tiempo hasta tal punto que la Academia decidió primero bajar los micrófonos de los galardonados tras 30 segundos de discurso y después, en el 2007, empezar a retransmitir con retardo la ceremonia para evitar situaciones incómodas. Pero no fue la solución de todos los males. En el año 2008, el actor Alberto San Juan subió al escenario, recogió su Goya al Mejor Actor por su papel en Bajo las estrellas y tomó la palabra para dedicárselo a su madre, su padre, a su compañía teatral Animalario y a la «disolución definitiva de esa cosa que se llama Conferencia Episcopal».

El «castigo» de la media hora de retraso, que acabó reduciéndose a unos pocos minutos, se eliminó finalmente en el 2010, cuando la cadena pública anunció que retomaría la difusión en «riguroso directo» y «por primera vez, sin cortes publicitarios». Esta primera gala emitida de nuevo en vivo tampoco quedó libre de polémica. La crispación social generada por el anuncio de la polémica Ley Sinde propició que Internet y las descargas ilegales vertebraran una fiesta del cine que se saldó con la dimisión de Álex de la Iglesia como presidente, contrario a las políticas de la entonces ministra de Cultura, Ángeles Sinde. Antes, sobre las tablas, y en riguroso directo, como bien había prometido TVE, hizo correr ríos de tinta en los periódicos del día siguiente con un incendiario discurso en el que calificaba a Internet de «salvador de nuestro cine».

Pero el recuerdo más reciente traslada a los telespectadores a una ceremonia en la que la subida del IVA cultural y los recortes del Gobierno se acomodaron en la Academia como invitados de honor. Eva Hache arrancó combativa la gala, con un monólogo que situó al ministro Wert en el centro de la diana. Pero la mano dura llegó con Candela Peña. La actriz pronunció un descarnado discurso al recibir el premio a mejor actriz secundaria, en el que recordó no solo que llevaba tres años sin trabajar, sino que durante este tiempo había visto «morir a mi padre en un hospital público donde no había mantas para taparle ni agua para beber». «Se la teníamos que llevar nosotros», añadió. Más contenida, pero igual de comprometida fue Maribel Verdú. En su turno para recoger su cabezón de Mejor Interpretación Femenina por la madrastra de Blancanieves recordó a todos aquellos que han perdido sus casas o «incluso sus vidas» por «culpa de un sistema injusto» que «roba a los pobres para dárselo a los ricos».

El próximo 9 de febrero lo raro sería que la gala transcurriese con normalidad, ajena a cualquier polémica, sobre todo después del último hachazo a las subvenciones al cine español -las partidas del Instituto de Cinematografía y Artes Audiovisuales (ICAA) sufrieron un recorte del 8,8 %, al pasar de 55,7 millones de euros en el 2013 a 50,84 millones de euros este año- y el envenenado dardo que Montoro regaló al sector el pasado octubre. «Los problemas del cine no tienen que ver solo con las subvenciones, sino también con la calidad de las películas y la comercialización», remarcó el ministro. La envalentonada opinión fue incluso cuestionada por el propio Gobierno. El secretario de Estado de Cultura, José María Lassalle, manifestó que discrepaba del juicio de su colega mientras la mecha prendida iba evolucionando hacia el consecuente incendio. Y no solo en las redes sociales. La Academia, ofendida, respondió a Montoro con una dura carta, mostrando su «amargo sentimiento» de que el cine español era valorado «más fuera que dentro de nuestras fronteras» y su sensación, «ojalá equivocada», de que Montoro pertenecía «a ese sector que sin argumentos racionales desprecia y deslegitima» su trabajo. «Usted, como los yogures, tiene fecha de caducidad. La creatividad no», añadía la institición en su misiva. «Relájese, que los calentones son muy perjudiciales en política y en la vida en general, y acuda al cine a ver una película, incluso española».

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