Rober Bodegas: «En el escenario surge un yo punki, sin ningún miedo»

Diez años después de inaugurar un nuevo formato de comedia en España, el monologuista de Bergantiños exhibe un humor oscuro, valiente y provocador. Esta noche comparte escena con Cándido Pazó


¿El reto? Hacer una entrevista seria a un humorista. «No será difícil, no respondo a lo que se espera de un cómico», adelanta Róber Bodegas, alias artístico de Roberto Fernández (Carballo, 1982). Empezamos entonces con mal rollo.

-¿Cómo hace cuando hay que actuar un día malo?

-He tenido días chungos y, al final, lo haces igual. La última vez que actué en el Colón venía de la incineración del padre de mi cuñada una hora antes, imagínate. Una semana antes él me había dicho: «A ver si aguanto un poco más y te puedo ver». Pero nunca cancelé una función. Esos días tienes más ganas aún de olvidarte de todo. Y funciona.

-¿No puede llegar a agotar eso de convertir el buen rollo en una profesión?

-¿Sabes lo que pasa? Como persona soy diferente. Hay humoristas que son como yo, tranquilitos, tirando a tímidos. Luego están los simpáticos, que siempre están vacilando. Eso tiene que agotar, la necesidad de ser gracioso en todos los momentos. ¡Uf!

-¿Y no decepciona a la gente que se le acerca?

-Sí, algunos piensan que soy algo así como el cachondeo permanente. Pero, vamos, si fuese faquir no estaría comiendo cristales o tragando sables en mi día a día.

-Es decir, que no hace chistes de yogures o botellones cuando va a hacer la compra.

-No. Soy muy antagónico de mi personaje. Al principio era más parecido: un tío que hablaba por la boca pequeña. Pero no puedes hacer lo mismo siempre, el discurso tiene que ser acorde a tu edad. Por ejemplo, cuando volvieron los Hombres G te encontrabas con señores cantando El ataque de las chicas cocodrilo. Y pensabas: ¿pero no te ha pasado otra cosa en estos veinte años que me puedas contar? Pues a mí me preguntan por qué ya no hago monólogos sobre la universidad. Tengo 31 años y ya no doy el pego de un tío que va a la Uni, a ligar y a hacer botellón a la plaza del Humor.

-¿Era el chistoso del cole?

-Umm... yo era el tímido, de no mirar a los ojos y de tenerle miedo a las chicas. Hasta que llevaba dos meses de curso y no tenía confianza con los compañeros nada. Luego podía ser ocurrente, pero no charlatán.

-¿Quería ser humorista?

-¡Qué va! El humor siempre me gustó. Mi padre traía pelis como Top Secret del videoclub. Veía a Gila y me partía. Pero yo quería ser arquitecto hasta que un día terminé aquí.

-¿Qué cómicos le tiraban?

-Empecé en el 2002, cuando estaba El club de la comedia, que fue lo que dio a conocer el stand up en España. Me tenía fascinado y me apunté al concurso. Me fijaba mucho en Luis Piedrahíta, que era un tipo muy hábil buscando el humor. También Quequé y Quique San Francisco.

-¿Cómo gestiona el ego una persona que, como usted, se ridiculiza casi a diario?

-Eso lo he mejorado mucho. Siempre he tenido claro que reírte de ti mismo te da más derecho a reírte de los demás. Ahora trabajo para ir un poco más allá. No se trata de si eres feo o gordo, sino de hablar de esas miserias y complejos interiores, eso que no sabes si solo los tienes tú o si le pasa también a más gente. Que saques esa parte más oscura la gente lo valora mucho.

-¿Qué escondía antes?

-Pues, por ejemplo, al principio iba con camisetas y pantalones negros, como intentando revelar lo mínimo. Ahora voy como voy por la calle y me da igual. El escenario no es el ego, es el ello o como lo llamen en el psicoanálisis [risas]. Arriba soy yo sin ningún tipo de filtro: las cosas que no dices porque socialmente estarían mal vistas ahí sí las dices. Surge un yo punki, sin ningún miedo.

-Ponga un ejemplo.

-Los linces. Digo que ojalá se mueran, que ya está bien. La gente se escandaliza, pero yo creo que, en lo más hondo, a nadie le importaría. Pocos estarían tristes un día entero si los linces se extinguiesen. Esas cosas me parecen puro postureo: un compromiso pero que, al final, no importa tanto. Me gusta rascar en lo que a la gente no le gusta que le digan.

-¿No genera reacciones adversas?

-Sí, pero he cogido seguridad. Cuando un espectáculo no funciona, pienso en que el público venía a otra cosa. Tiro de temas que me puedan generar risa, no disparo chistes. Podría decir: «La macedonia llevaba tanto tiempo ahí, que aún pertenecía a Yugoslavia». Eso es una bazofia. Solo es un juego de palabras, no una atmósfera que te causa un impacto. Creo que el público debe tener la sensación de que le han contado algo. Lo otro es el cuentachistes de toda la vida. Como Arévalo, pero disfrazado.

-¿Habla de humor inteligente? ¿Lo podría definir?

-Supongo que es ir un poco más allá de lo obvio, pero tampoco dejar de hablar de ciertas cosas. A los humoristas a veces se les critica por hablar de sexo. Sin embargo, a los músicos nadie les dice nada por estar haciendo siempre canciones de amor. Una cosa son los novios garrulos, las novias caprichosas y la batalla de sexos, vale. Pero hay otras cosas que son guays. Por ejemplo, el momento en el que estás enrollándote con una tía y hay que parar para ponerse un condón. Se generan miles de situaciones incómodas. No creo que nadie pueda decir ahí que estás hablando de algo facilón.

-Dijo que se había quemado en «Sé lo que hicisteis la última semana».

-En el primer año del programa yo era muy malo. No puedo verme aún hoy y no entiendo cómo no me echaron. Todo era caótico, no había ensayos. El director me decía: «Tú baja, ya aprenderás». Aprendí muchísimo y lo pasé genial. El queme venía de estar con mil cosas. A las cinco en la tele, luego iba a Barajas y a las nueve estaba en otra ciudad haciendo un bolo, para luego regresar a las ocho de la mañana. La gente me decía: «Es tu momento, tienes que aprovecharlo». Pero el momento ya duraba tres años. Había que ponerle freno o me iba a morir.

-¿Se ha cortado a la hora de bromear con ciertas cosas?

-No, no tengo miedo. Yo me veo, sobre todo en Twitter, un punki, como te decía. Supongo que me pasa factura. Si le meto mucha caña a Ana Botella sé que nunca me van a llamar del Ayuntamiento de Madrid para darme trabajo. Pero igual te llama otro en plan «a este talibán que no se corta nada le voy a dar un curro porque me mola su rollo». Prefiero no pensar mucho en ello. Si yo pongo algo del aborto y un señor me contesta ofendido, tampoco creo que fuese a pagar una entrada para verme.

-Me refería a otra cosa. Por ejemplo, con lo que dice del lince podría terminar siendo la diana de una plataforma de defensa de los animales.

-Sí, puede pasar, pero creo que esto tiene que ser una causa de los humoristas. Hay gente que cuando se compromete con algo no soporta ni la más mínima broma. Y no puede ser así. Esta semana he flipado con lo de Luis Tosar y su videoclip [se refiere a Hey, hey, hey, del grupo chileno Los Tres, en el que el actor interpreta a un maltratador]. He visto a gente en Internet que me parecía sensata poniendo cosas tipo «Lamentable Tosar» o «Antes molabas». Lo busqué y lo vi. Me pareció todo un estupidez. No deja de ser una canción con esa temática. Es una historia musicada, no real.

-¿Le ha pasado a usted?

-Yo en twitter he llegado a perder 1.000 seguidores por unos tweets que decían: «Nos quejamos de la mierda en el centro de Madrid, pero el Valle de los Caídos está hasta arriba desde que lo abrieron» y «Hemos llegado al punto de ser los de izquierdas los que dicen: "Esto con Franco no pasaba"»]. Prefiero quedarme con los míos, los que me entienden, que estar con ese miedo. Nos está atontando el tema de la corrección política a todos. Siempre criticamos a los americanos por su falta de libertad, pero sus cómicos son mil veces más libres que aquí.

-En La Voz ironizó sobre la oleada de nostalgia reinante. ¿Quería provocar?

-Me da mucha pereza eso. Mi mensaje era optimista: decía que hemos ido a mejor. Lo pesimista es lo otro: «Lo de los 80 era lo que molaba y no esto». Yo recuerdo mi colegio. Se llamaba Francisco Franco y, aunque yo era bueno y me salvaba, nos pegaban palizas. ¿Cómo voy a echar de menos la EGB?

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