Muere Germán Coppini, el poeta del Vigo gris de los años ochenta

Un cáncer de hígado acabó con él a los 52 años, el día de Nochebuena


Redacción / la voz

La persona que puso voz a la frustración y la incomunicación de los años ochenta falleció el pasado martes. Germán Coppini López Tornos (Santander, 1961) sucumbió a un cáncer de hígado cuando el país entero se disponía a cenar en Nochebuena. Mientras la tele daba cobijo a las figuras que pueblan las listas de éxito actuales (Sergio Dalma, Pablo Alborán, Pastora Soler...) en las redes sociales su ex compañero en Siniestro Total, Miguel Costas, lanzaba la noticia: el artista que hizo célebre aquel estribillo de Malos tiempos para la lírica desaparecía para siempre. Con su muerte y el contraste con el panorama actual evidenciaba los tiempos que, más que malos, son realmente pésimos para la lírica.

Cantante singular donde los haya, Germán Coppini destacó principalmente en Golpes Bajos. Fueron apenas tres años, entre 1983 y 1985, pero sus radiografías de la condición humana quedaron grabadas a fuego en el recuerdo de una generación. Temas como el citado Malos tiempos para la lírica, No mires a los ojos de la gente, Estoy enfermo, Fiesta de los maniquíes o Cena recalentada surgieron en el Vigo grisáceo de los primeros ochenta que lo acogió tras un traslado familiar. Y se hicieron universales gracias a unos tiempos en los que la rareza no estaba vetada de las listas de éxito.

Porque lo de aquel cuartero vigués completado por Teo Cardalda, Luis García y Pablo Novoa era una verdadera rareza. De aromas after-punk pero con una riqueza sonora que igual lo acercaba al funk, como a los ritmos caribeños o la música melódica italiana, partía del pesimismo y la sensación de una adolescencia en pena sin encontrar el sitio. Tal y como explicaba, Cardalda en el Fugas en 2009 el espíritu lo heredaban de los The Who de Quadrophenia. Luego lo oscurecieron con ecos de The Stranglers, Birthday Party o Killing Joke y le aplicaron toda esa capa de poesía urbana y tristona de Coppini.

Previamente había optado por el alarido. Si muchos lo consideran el Ian Curtis (Joy División) español, en su paso por Siniestro Total podía tomarse como una suerte de Jonny Rotten (Sex Pistols) ibérico. Antes de que un botellazo recibido en un concierto en Barcelona le hiciera cambiar de proyecto y estética, entonó trallazos como Ayatollah!, Todos los ahorcados mueren empalmados o Las tetas de mi novia, en las antípodas de lo que hoy se entiende por políticamente correcto. Impulsadas con visceralidad, derroche de actitud y escasa pericia instrumental, una revisión actual desata la sorpresa: suenan igual de frescas que el primer día y en sus letras revelan jugosas dobles lecturas.

Rara avis solitaria

Disueltos Golpes Bajos, Germán Coppini emprendió una trayectoria discontinua que no llegó a gozar del beneplácito del público. Lejos de los números uno, poco a poco terminó en ese cajón desastre de los artistas de culto que ven como su público se mengua año a año. En 1986 estableció una insólita alianza con Nacho Cano en el maxi Edición limitada. En 1987 se presentó en solitario con el barrocho El ladrón de Bagdad. Y en 1989 editó Flechas Negras, dirigiendo su mirada hacia el soul.

En los noventa su figura se desdibujó en proyectos minoritarios. Todo hasta que en 1998 decidió resucitar Golpes Bajos con el elepé Vivo. Rodeado de músicos de sesión revisó los temas míticos. Pero la magia no acudió a la cita. La nostalgia no reinaba entonces y la aventura fracasó estrepitosamente. Sin embargo, las nuevas generaciones del indie nacional lo reivindicaban. Sr. Chinarro lo citaban en las entrevistas como influencia y Maga llegaron incluso a hacer una gira conjunta con él.

Este año editó América herida, reinterpretando clásicos de la canción política sudamericana. Queda su colaboración con Néctar, aún inédita. Se trata última muesca de la trayectoria de una figura imprescindible en el pop español.

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