Alberto García-Alix: «Para mí lo marginal es la política, no lo que sale en mis fotografías»

Inaugurada en A Coruña su exposición «El paraíso de los creyentes»


A Coruña / La Voz

Alberto García-Alix (León, 1956) ha traído a Galicia sus «pellizcos de realidad». Así describió ayer el contenido de su exposición El paraíso de los creyentes, que estará en A Coruña en el Kiosko Alfonso, hasta el próximo 16 de febrero. Se trata de 60 fotografías y una obra audiovisual en la que el artista muestra toda una galería de imágenes tan inquietantes como seductoras. Días antes aprovechó su periplo gallego para trabajar en Pontevedra. «He estado en Baiona fotografiando las motos de David el Solitario. Son las mejores de Europa. Una maravilla», proclama entusiasmado.

-¿Aún es motero?

-Sí, no sé conducir un coche. Nunca lo he hecho en mi vida. Mientras el cuerpo aguante seguiré con la moto. El día que sea incapaz de hacerme 600 kilómetros en una, tendré que dejarlo.

-¿Es de la generación de fascinados por el filme «Easy Rider»?

-No, a mí las motos me fascinaron de niño, cuando tenía 12 o 13 años. Iba al Jarama. Allí corrían todos los grandes pilotos de mi época: Benjamín Grao, Ángel Nieto, Salvador Cañellas. Santiago Herrero... Fíjate, Santiago Herrero, ¡qué mítico! De hecho, creo que me acerqué al arte por las motos. La primera vez que vi que estaba ante una obra maestra fue allí. Luego llegó todo.

-Es decir, la fotografía.

-Eso fue mucho más tarde, en el 76.

-Nuevamente apela a mundos marginales en la muestra que presenta. Todo resulta sombrío. ¿Es su reflejo?

-Sí, tiene ese espíritu sombrío y oscuro que yo tengo.

-¿Le atrae la marginalidad?

-No sé si esa es la palabra adecuada. Para mí lo verdaderamente marginal es la política, no lo que sale en mis fotografías. Eso son necesidades.

-Rezuman siempre soledad.

-Sí, para mí la soledad es importantísima, la manera de comprender el hecho fotográfico. Ese momento de silencio, en el que las miradas se buscan a través de la cámra es un momento de una gran tensión. Todo un enfrentamiento. A nadie le gusta que le hagan fotos. Te ponen una cámara delante y te tensas. Primero, porque no conocemos la intención. Y eso es sopechoso. ¿Por qué este hombre me quiere hacer una foto? Hay que encontrar una complicidad con el sujeto a fotografíar. Ese momento de silencio nos pertenece a los dos.

-¿Busca esa tensión?

-Sí, sin tensión un retrato no me interesa. Necesito atrapar la atención del que mira la foto.

-Y usted que funciona con equipo analógico, ¿se arrebata con el clic?

-Es como un trance. Para mí fotografíar es eso. Yo invento en un espacio, me invento a mí. Ahí creo un mundo, un interés fotográfico, un todo. Al principio no era lo mismo, pero con los años se ha convertido en eso.

-¿Le sigue fascinando el tatuaje?

-No te creas. Yo voy tatuado de arriba abajo, pero en la fotografía no lo busco. Menos en la de mis partes [se refiere a una fotografía de su pene tatuado], apenas tienen protagonismo en todas estas imágenes.

-Un autorretrato un poco espacial ese, ¿no?

-A mí, que se me va la olla. A estas alturas ya no tengo pudor.

-¿Sus desnudos son sobreactuados?

-Sí, claro. Muchas veces le pido a la chica: «Abre las piernas». Pero en todas mis fotos hay eso, no solo en mis desnudos. Los modelos están colocados en el espacio. No es que yo pase por allí y estén ya así. No, soy yo el que les dice cómo se tienen que colocar.

-¿Se acerca quizá a la pornografía con una intención artística?

-No, yo no hago pornografía. Solo retrato hombres y mujeres desnudos, algunos de ellos actores porno. Estos viven de su cuerpo. Toda la potencia de su personalidad la tienen ahí. Yo, por ejemplo, la tengo en los ojos. A mí la pornografía me dice muy poco, me interesa el retrato. Y, sí, sale un hombre desnudo con un miembro muy grande. Pero es que es él, es así. ¡Qué Dios se la conserve! [risas].

-¿No es abrir una puerta prohibida fotografiar los pies de un muerto como hace usted?

-No, creo que es una foto blanda. Ahí soy pudoroso: entro en una funeraria, me encuentro a un muerto y solo me fijo en los pies. En mi último viaje a México retraté a una mujer asesinada con dieciocho puñaladas en una morgue. Terrible. Eso no es un pie con la etiqueta, ahí bonito. No, es un rostro desencajado. Eso sí que es la muerte, el dolor, el gran tema. Las dos grandes pulsiones de la creación, en general, son el sexo y la muerte. Siempre es así. Se lo puedes preguntar a Rembrandt, a Goya, a quién quieras.

-En el periodismo son cíclicas las polémicas por las fotos de las tragedias con muertos. ¿Usted qué piensa?

-El fotógrafo es un testigo. La tragedia está ahí y hay que verla.

-Pero mucha gente dice: «Uy, eso es morbo».

-El morbo lo tenemos todos. La propia imagen tiene siempre algo mórbido, porque es pasado. Tú lo puedes ver en mis fotos. Es muy evidente.

-Sigue fiel a lo analógico. ¿Se siente el último mohicano?

-No, todavía quedan algunos más, no los mates [más risas]. Pero siento que cada vez es más difícil, porque se está acabando la industria auxiliar. Ahora te quedas sin la plancha de laboratorio para el papel y es muy difícil encontrar otra. Tienes que ir al mercado de segunda mano, buscarla por e-bay, romperte la cabeza.

-¿Es un acto de resistencia?

-Sí, pero yo tengo una edad. El día que lo deje quedarán los negativos ahí. Fue mi tiempo. Yo soy producto de un tiempo.

-En la exposición podemos ver a Tav Falco, La China Patino, un «teddy boy»... ¿Le tira el rock?

-Son amigos, por eso están en la muestra. Yo no dejo de ser un roquero, en el buen sentido.

-En el 2012 estuvo en Santiago Ana Curra con «El acto», revisando el mito de Parálisis Permanente con sus fotos proyectándose en el escenario. Fue muy emocionante. La iconografía que creó entonces es una de las más logradas de la Movida.

-La Curra es la más roquera. Valiente, adorable. ¡Qué gran mujer! Vivimos muchos años de pareja, pero seguimos siendo amigos. Es una mujer honesta. A mí los Parálisis sí, pero ella me fascina. ¡Qué gran vida! Es muy especial. Una grande.

-Es un especialista en retratos. ¿Se ha encaprichado alguna vez algún famoso o político con usted para que le hiciera uno?

-No, yo no suelo hacer encargos. ¿Políticos? Me niego. Pero de siempre, no de ahora. Yo estoy en el otro lado de la barrera. Yo con el poder es que no [pone cara de asco]. A mí que no me engañen, eh. En ese tipo de retratos te exigen ser muy autocomplaciente. Y yo lo puedo ser con una amiga, pero no en esos casos. Porque estamos viviendo una gran estafa. La utopía democrática con la que partimos en mi época, de un mundo mejor, fue una estafa.

-Pues no estaría mal que retratase a los políticos desde ese punto de vista.

-No, que va, hay que tener muy mala leche. En los años setenta pensábamos en una España mejor y nos han estafado. Todo para mantener sus poderes fácticos.

-Veo que se enerva.

-Me enervo, claro que me enervo. El 21 por ciento en la cultura, por ejemplo. ¿No se dan cuenta? Mira, yo he estado viviendo en París y ves qué grande es Francia. Tú ves aquello y allí, se viva bien o mal, no se toca la cultura. Sabe que les va a dar rédito siempre. Aquí, nada. Todo está siendo terrible. En nuestra cara nos están metiendo el dedo en el culo. Y no hacemos nada.

-¿No hizo algo el movimiento 15-M?

-Sí, pero hace falta mucha más lucha. Aquello fue fantástico, pero para mí tenía el problema de que era demasiado asambleario. Todo era una asamblea permanente. No, hacen falta directrices fijas. Yo creo más en un líder, en un Napoleón que diga: «Venga, vamos a reventarlos a todos».

-El problema es encontrar a ese Napoleón.

-Sí, pero si hubiera habría que apuntarse rápidamente a la guardia imperial [risas].

-Volviendo a la exposición, ¿le gusta jugar con el espectador? Por ejemplo, aquí uno va paseando y se encuentra una foto de un árbol deshojado y, al lado, un actor porno con su pene en primer plano.

-Siempre que colocas una foto, crea pulsiones. En ese caso ha sido Nicolás, el comisario, el que ha hecho todo. Esta vez no he participado en nada.

-Se presenta en un autorretrato como un payaso. ¿Por qué?

-Sí, como un payaso antes de la función. La función es el trabajo que se va a desarrollar en toda esta narración. Cuando me siento a escribir, siento pánico. ¿De qué voy a hablar? ¿Cómo digo esto? Yo no soy un escritor.

-No lo es, pero en semeja que en usted late la necesidad de serlo.

-No, más bien es la necesidad de narrar. Tengo un alma narrativa que tengo que poner a la luz.

-¿Llegó el momento en el que la imagen no vale por sí sola y necesita palabras?

-No, lo que ocurre es que este trabajo se hizo como una conferencia visual. Es decir, aquí se está contando una historia.

-Le puso voz, esa voz suya de lija.

-Eso es el producto del tabaco, el alcohol... lo que antes decían voz de cazalla.

-Refleja, en cierto modo,lo que transmiten las fotografías: haber vivido mucho

-Bueno, tengo 57 años. La edad pesa lo suyo.

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