Manolo Escobar, el rey de la verbena

Luto en la música popular española por el fallecimiento del intérprete de la copla «Mi carro»


Redacción / La Voz

Manuel García Escobar murió ayer en su casa a los 82 años, «dulcemente», después de pasar «dos días magníficos» -según relató su familia- en su domicilio de Benidorm, al que volvió tras la hospitalización del pasado viernes, en la víspera de su cumpleaños. El cáncer de colon, detectado dos años y medio antes, se había extendido a otros órganos. Con la desaparición de Manolo Escobar (1931-2013) no se va solo un destacadísimo intérprete de la canción ligera española sino que se extingue el símbolo de una época, de una España a la que costó mucho pasar del blanco y negro al color.

Es un mito de la cultura popular, de esos que cuajan lentamente en la televisión, que es la gran fragua de la mitología desde mediados del siglo pasado. Pero también fue una leyenda de carne y hueso, nada que ver con el papel couché hollywoodiense a lo Madonna. Si acaso, por la veintena de películas de escasísima calidad y concebidas como mero instrumento de promoción de su producción musical, publicitadas con esos carteles de colores chillones, podría evocar muy levemente como icono pop a Elvis Presley.

Escobar es una construcción desde el pueblo y para el pueblo, desde el mismo momento en que con su familia abandonó Las Norias de Daza -pedanía de un El Ejido muy lejos entonces del esplendor exportador de los invernaderos- para instalarse en Badalona, localidad barcelonesa donde se crio. De su condición llana se sabe mucho en Galicia, donde el marchamo emigrante no pasa desapercibido, sino que se valora con mucha sensibilidad, y donde pateó las mil verbenas del mapa sin desdoro de su rutilante carrera musical. Se aupó hasta a los palcos más humildes, y sin viajes en berlinas, adentrándose por las corredoiras, cenando antes de la actuación tras la cocina económica en casa del ramista, cuidando con esmero y sonrisas la especial devoción que por su cancionero sentían las mujeres -también los hombres- ya maduras.

Y es que él era un trabajador. Sobre todo, un trabajador. Así se sentía. No solo por los más de ¡setenta millones de discos! que vendió en sus más de 55 años de carrera musical. Antes de probar los escenarios fue operario, durante seis años y antes de hacer la mili, en la badalonesa fábrica de Lejía Guerrero -«lava la señora, lava el caballero»-, donde por azar le tocó etiquetar el primer frasco del popular lavavajillas Mistol. También desempeñó otros oficios como los de carpintero, albañil, cartero...

En Badalona montó con varios hermanos el grupo Manolo Escobar y sus Guitarras, que dejó un solo álbum. Tras grabar algunos temas para el sello Saef (Sociedad Anónima de Ediciones Fonográficas), debutó en solitario en 1961 en Córdoba con el espectáculo Canta Manolo Escobar. Fue el inicio de sus primeros éxitos coronados por dos cimas: la rumba El Porompompero y la copla Mi carro, sus canciones más universales y repetidas, tanto que bromeaba con que estaba «hasta las narices» de tener que interpretarlas. Ya con la casa Belter su popularidad se disparó. Llegó el pasodoble Y viva España -muy pronto la canción del verano- y su fama alcanzó hasta Japón. Debido a tal logro es tenido por el primer artista en grabar pasodobles cantados, rompiendo con la tradición de la pura pieza instrumental. Para profundizar en esta vía, tan bien acogida por el público, Belter y Escobar contrataron a letristas para un disco integrado por pasodobles cantados como Manolete, España cañí o Suspiros de España.

Hay quienes tachan el género musical como casposo, dudan del valor estético del arte de Escobar, como deploran sus películas, pero nadie cuestiona el valor de su trabajo, el impacto emocional de su imagen.

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