Retorno del Tsai-Ming-liang de los mejores tiempos

«Stray Dogs» devuelve al malayo en su mejor condición de cineasta que fuerza el pulso al espectador, que lo somete a la aventura de resituar las piezas de un puzle

Tsai-Ming-liang presentó «Stray Dogs».
Tsai-Ming-liang presentó «Stray Dogs».

venecia / e. la voz

La penúltima jornada del concurso se reservó para sí el día del demarraje de dos autores de la más alta estirpe de creadores, el francés Philippe Garrel y, sobre todo, el malayo Tsai-Ming-liang. No es que las ocho fechas anteriores hayan transcurrido sin dejar cine poderoso, indeleble en los casos de Night Moves, de Kelly Reichardt, y de The Police Officer's Wife, de Philip Gröning. Pero la sacudida que vivió ayer el Lido con la carga de intensidad que le anexionaron Garrel, con La Jalousie, y por encima de él, Tsai-Ming-liang, en su demoledora obra de deconstrucción de una familia Stray Dogs, que revela la tempestad criminógena de esta crisis que asola a medio mundo, han elevado el nivel de la competición de modo sustantivo.

Hace al menos una década, desde Goodbye, Dragon Inn, que Tsai-Ming-liang no ofrecía un filme a la altura del estilo y la radicalidad que lo llevaron en la última década del pasado siglo a erigirse en autor cenital, cuando en 1994 ganó precisamente el León de Oro con la ya legendaria Vive l'amour. Stray Dogs devuelve al malayo en su mejor condición de cineasta que fuerza el pulso al espectador, que lo somete a la aventura iniciática y preciosa de ir resituando las piezas de un puzle que él compone en aparente desorden pero que en realidad responden a la lógica y a la conforme belleza de uno de los más grandes forjadores de cine de nuestro tiempo. La tragedia familiar de su película se afina en una pantalla en donde la jauría que llamamos neoliberalismo deja a su paso ruina, despojos, personas arrumbadas desde una aparente confortabilidad hacia los márgenes pantanosos donde claman los indignados y los sin techo. Metáfora apoteósica del saqueo de nuestros días, Stray Dogs celebra el retorno de un cineurgo necesario para respirar.

También muy esperado después de tres años de inactividad, Philippe Garrel habla en su ensimismada La Jelouise de la inestabilidad sentimental de un actor de teatro, practicante, verdugo y víctima también de un entendimiento laxo del amor como relación abierta. Parece que se basa en su propio padre. Y el actor que lo interpreta es su hijo, Louis Garrel. La endogamia en doble dirección depara una obra depurada, emocionalmente seca, algo diletante. Un correcto ejercicio de estilo arrasado aquí por el vendaval Tsai-Ming-liang.

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