venecia / e. la voz

El concurso de esta 70.ª Mostra comenzó con la australiana Tracks, de John Curran, y la primera participación italiana, Via Castellana Bandiera, opera prima de Emma Dante. Una y otra, cada una en su medida, contribuyeron a enmarañarnos la mañana. Tracks se basa en el caso real de una mujer que recorrió en solitario el desierto australiano, hasta llegar al océano Índico. Ella es la emergente Mia Wasikowska, que aún recordarán embozada en los refajos de Anna Karenina. Aquí comienza por vestir de Camel Tropic y acaba en cueros, con la piel encarnecida por el sol. Es un one woman show, solo apoyado en seis camellos, a lo largo de una travesía de arena que recorre todos y cada uno de los lugares comunes del género. Me aburre de manera supina lo que se cuenta y cómo se cuenta. Intuyo que Wasikowska será firme candidata al premio de interpretación y tendrá sus apoyos en el presidente del jurado, Bernardo Bertolucci.

Vía Castellana Bandiera plantea un bloqueo absurdo en las calles de Palermo. Dos coches, uno con una pareja de mujeres a punto de romper su relación, y el otro con una anciana rural al volante, se impiden mutuamente el paso. Seguro que los noventa minutos para los que da ese lío de tráfico están repletos de metáforas sobre Italia que a mí se me escapan, y por eso el sainete me parece calamitosamente insufrible.

El japonés Sion Sono es uno de los dos o tres cineastas del momento presente en el panorama mundial a cuyo reclamo acudo con la certeza de que su propuesta va a saber descolocarme. No alcanzo a comprender por qué Why Don?t You Play In Hell?, su más reciente exhibición de virtuosismo en la fusión de géneros, de tonos, de humor y lirismo salvajes, se presenta aquí fuera de concurso. La genial desmesura con la que Sono mixtura la comedia teenager, el cine de yakuzas, las coreografías de hemoglobina y la poesía visual hacen de su película un banquete y reivindican una vez más la ferocidad libertaria y canalla del maestro japonés.

Otro provocador, pero este de mucho menor alcance, es el canadiense Bruce LaBruce. Icono del queer cinema, en Gerontofilia LaBruce se centra en la fascinación erótica que despiertan en un joven enfermero efébico los ancianos enfermos a los que cuida en una residencia. Conociendo el afán por lo descarnado y explícito de LaBruce, en Gerontofilia se arruga, se reprime hasta el punto de que la ternura con el que dibuja la relación del protagonista con un afroamericano octogenario casi podría suscribirla Antonio Mercero. Casi siempre es mejor ser fiel a uno mismo, aunque se infrinja la ley en el intento.

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«Tracks», la travesía del desierto de Wasikowska