Las mil y una maneras de contar el fin del mundo

«Guerra Mundial Z» y «Pacific Rim» se suman al aluvión de películas apocalípticas cuyos antecedentes hay que buscar en el cine de catástrofes de los setenta


Partir de nuestro planeta como un escenario apocalíptico es la premisa de moda febril en Hollywood. Con el gélido Superman de El hombre de acero y la aventurita de autoayuda paternofilial y propaganda cienciológica de Will Smith en After Earth todavía en cartel, los dos filmes que prometen barrer taquilla en agosto, Guerra mundial Z y Pacific Rim, se toman aún más en serio la labor de arrasar la Tierra. La primera nos brinda a Brad Pitt como científico enfrentado a una pandemia de zombis que promete acabar con el planeta. Y la firma del mexicano Guillermo del Toro va por delante de la lucha entre humanoides y monstruos marinos que también anuncia el desastre global en Pacific Rim. Ya es un lugar común sociológico asociar las películas sobre el fin del mundo con los períodos históricos de graves crisis económicas. Esta fórmula pasa por presuponer que después de ver cómo son arrasadas megalópolis, de ver tumbar el Big Ben, la basílica de San Pedro o la torre Eiffel, uno sale con mayor capacidad para relativizar los cataclismos de nuestros sistemas financieros, leyes Wert y otras hecatombes.

No es nuevo este tique. Su origen remoto habría que encontrarlo en el equilibrio del miedo nuclear de la guerra fría, en películas de finales de los 50, infinidad de series B cuya cumbre es La invasión de los ladrones de cuerpos, y, sobre todo, por la formidable y necesitada de revalorización La hora final (On the Beach), en la que Stanley Kramer narraba por vez primera el fin del mundo entre hongos nucleares, con Gregory Peck submarineando en Australia junto a Ava Gardner.

Pero el antecedente directo de la actual fiebre apocalíptica lo encontramos en la década de los 70 del pasado siglo. Con la crisis del petróleo, oficialmente declarada en 1973, el sagaz Irwin Allen supo intuir el horror vacui ante la amenaza de la OPEP y produjo en dos años, el lapso 73-74, La aventura del Poseidón y El coloso en llamas, los dos grandes clásicos del subgénero, convertidos en fenómenos sociológicos extracinematográficos que arrasan en taquilla, reúnen algunos de los repartos más espectaculares de estrellas del momento y viejas glorias (Shelley Winters ganó su segundo Óscar por el papel de la veterana y oronda nadadora en el transatlántico boca abajo y Fred Astaire estuvo a punto de ganar su única estatuilla a los 76 años por su papel de entrañable timador en el rascacielos chamuscado) al tiempo que impone el triunfo de la Fox sobre Universal, que reaccionó tarde y mal tratando de contrarrestar la avalancha de Irwin Allen con las muy inferiores Terremoto (donde se producía un histórico dislate argumental: Charlton Heston prefería abandonar en tierra firme a su amante, una garçonnière y espigada Genevieve Bujold, y decidía ahogarse junto a su esposa, una Ava Gardner conservada en alcohol) y la saga de los Aeropuerto, que alargó su agonía hasta el esperpento de Aeropuerto 1980, en un reparto que tenía como azafata y estrella femenina a ¡Sylvia Kristel!, que venía de mostrar lo sofisticado del sexo aéreo en el curso de un viaje a Tailandia en Emmanuelle.

Esos finales del mundo setenteros ofrecen algún filme rara avis como Soylent Green (Richard Fleischer, 1973), en la que, a partir de una malthusiana novela de Harry Harrison, se perfilaba un planeta víctima de la sobrepoblación y la ausencia de recursos alimentarios, como correlato preclaro de la falla del petróleo árabe.

Ya se sabe que la historia se repite siempre en forma de farsa. Y así, el crac económico de la primera mitad de los 90 castigó a los espectadores con un nefando intento de resucitar el cine de catástrofes, de las que guardamos grimosos recuerdos de la vaca voladora del tornado de Twister y el salvamento del caniche de la marea de lava de Un pueblo llamado Dante?s Peak.

Dicho esto, para encontrar la más elíptica y epatante manera en que el cine ha acertado a declarar la extinción de nuestro planeta, la más sutil, desoladora y desnuda de modo absoluto de efectos especiales, tenemos que trasladarnos al año 1968, cuando Rod Serling ideó uno de los encuentros más celebrados de la historia del cine fantástico: el de Charlton Heston y la estatua de la Libertad, y Dios en la última playa, en El planeta de los simios. O de cómo el gran maestro de los golpes de efecto de guion, Rod Serling, acertó a resumir el Apocalipsis en un solo plano y sin sonido. Chapeau.

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