Loquillo: «Yo soy un clásico, estoy por encima del bien y del mal»

Sin esconder para nada su enorme ego y con muchas ganas de demostrar una vez más que es un imprescindible del rock, Loquillo llega al festival Nordestazo con sus armas de siempre: un directo contundente, una banda compacta, un líder carismático y un repertorio a prueba de bombas. Como le gusta a él corona el evento y evita hacer sufrir a la competencia. ¿Para qué ser humilde si uno se siente el más grande de todos?


A Coruña / La Voz

La agencia de José María Sanz Loquillo (Barcelona, 1960) reenvía la llamada de Fugas al artista. Atiende desde San Sebastián. Suena September Gurls de Big Star. Maravilloso modo de amortiguar la espera. Pero podría haber sido peor. «Menos mal que no llamaste a mi móvil», advierte. ¿Por qué? «La gente me llama y les sale Bisbal. No sé qué pasa, alguien me está boicoteando, tío -se ríe-. Tenía a Burning, pero me la han jugado». Como se puede ver, la fobia del Loco a las compañías telefónicas que demuestra en el libro de entrevistas con Luis Hidalgo El hijo de nadie, editado este año, no se queda solo en sus páginas.

-En ese libro habla de ir a conciertos con su hijo. Ese punto familiar, en cierto modo, no cuaja con la idea del peligro el rock. ¿Cómo ve usted esa contradicción?

-Yo viví una época muy distinta que esta. Salíamos de una dictadura y eso nos hizo más libres. Todo era primerizo. Había que ir a Andorra a por los discos de The Velvet Underground, que aquí estaban censurados. Ahora un chaval va a Spotify y lo tiene todo. Un adolescente puede saber de música más que tú y yo juntos en tres años. Luego está el hecho de que el rock sea un modo de vida y va a seguir vigente. Pero hasta ahora, los fenómenos musicales que ocurrían aquí surgían con bonanza. Nosotros surgimos con la crisis del petróleo. A lo mejor ahora las bandas de rock con la crisis vuelven a tomar ese pulso salvaje y peligroso. Yo espero y deseo que sea pronto. Las bandas que están surgiendo ahora en el indie son bandas de rock. El indie popero y blandengue se ha terminado.

-Ha calado precisamente ahí, colaborando con El Columpio Asesino. ¿Se lo esperaba?

-Mira, voy a ser cabeza del del Sonorama, que es uno de los festivales de música independiente más importantes del país. Es un homenaje a mi disco El ritmo del garaje, que cumple 30 años. Están invitados Sr. Chinarro, El Columpio Asesino, New Raemon y Maga. Todos han manifestado que ese disco fue fundamental en sus vidas. De hecho, los Maga es que están entusiasmados por ello. New Raemon es de casa y le hará ilusión cantar Barcelona ciudad. También los Love of Lesbian cantaron Cadillac solitario. Eso es lo normal. Lo ilógico fue esa especia separación que hubo durante mucho tiempo entre un mundo y otro. Hay bandas que perduran, otras se quedan por el camino y las nuevas intentan siempre hacerse un hueco. Es ley de vida. Yo, cuando empecé con esto, no tenía ningunas ganas de echar a patadas a Burning ni renunciar a mi pasado de fan de los Sírex o Los Salvajes. Esto de querer matar al padre siempre me pareció una gilipollez. Eso significa inseguridad absoluta. Lo que tienes es que aprender de quien sabe más que tú. En ese sentido, yo he tenido la suerte de que bandas indies y no indies nos han reivindicado siempre y han hecho muchas versiones nuestras. Desde Pereza con Rock n' roll star hasta El Canto del Loco, que hizo una versión de Feo, fuerte y formal. Yo acepto de muy buen grado que soy un clásico, que en cierta manera estoy por encima del bien y del mal. Puedo tocar en un festival indie como es el Sonorama, en otro rock como el Nordestazo y, después, compartir escenario con Ariel Rot y Leiva. Y, para guinda, estar con Deep Purple en el Festival de Gredos. ¿Qué quieres que te cuente? Yo hago mi currículo y digo: «MIra, he tocado con tres bandas de mi adolescencia como son The Who, Rollings Stones y ahora con Deep Pruple». Es cojunudo, de hecho les voy a llevar el disco para que me lo firmen.

-Cuando habla de esa seperación imagino que se refiere a los años noventa. Entonces una parte del «indie» nacional deseaba acabar con el pop-rock español de los pubs. Es decir, con gente como usted.

-Pues tanto siembras tanto recoges, querido. Muchas de las bandas que decían eso hoy no existen. Hay una cosa clave, tanto da que seas indie, mainstream o lo que sea: las canciones, tío. O haces buenas canciones o no. O tocas bien en directo o tocas mal. La gente no va a pagar dos veces por quien no cumple esos requisitos. De aquella época perviven quienes hicieron las cosas bien: Los Planetas, Love of Lesbian, cosas así. Ya no son indies, son mainstream porque son bandas populares. Es lo normal. No van a estar toda la vida tocando para 200 personas, eso sería anormal. Lo que es bueno perdura y lo que no, queda atrás. Además, piensa que Los Planetas sonaban en los 40 Principales.

-Sí, en los noventa mucho más que usted.

-Sí, los grupos indies sonaban. Recuerdo, por ejemplo, también a los Sunflowers. Eso hubiera sido una progresión lógica, pero las emisoras cambiaron radicalmente. Unas se volvieron reaccionarias de un lado y otras del otro. Unas no querían saber nada de los nuevos y otras lo mismo pero de los años ochenta. El mismo error: al revés. Yo siempre digo que cuantos más seamos más reiremos. Actualmente la situación es muy sencilla: si un personaje como Alejandro Sanz, por poner al tipo que más vende en este país, está vendiendo menos entradas en su gira que hace unos años nos tenemos que preocupar todos. Porque eso acaba afectándonos a todos. Si lo que vende mucho factura mucho, lo que vende menos al menos irá tirando. Pero si los de arriba pinchan, nos va mal a todo. La subida del IVA ha supuesto una pérdida del 30% del taquillaje para todos.

-Alejando Sanz normalmente llenaba en Galicia. En su último concierto en A Coruña reunió a 7.000 personas.

-Eso es grave. Si ambiente musical todo el mundo gana. Que Alejando Sanz meta a 10.000 tíos en A Coruña, que el Nordestazo meta 5.000 personas en Malpica. Eso es cojonudo. Trabajo para todos.

-¿Usted va a los festivales a demostrar que es el mejor?

Siempre. Hay dos estrellas del rock en castellano, que no voy a decir, que no se atreven a tocar conmigo. Ya han sufrido lo suyo. Yo siempre aviso. «No toques nunca detrás de mí». Pero, bueno, hay quien quiso sufrir. Y es que si tú terminas un concierto con Cadillac solitario eso es imbatible. ¿Quién va a venir detrás? Nadie. El repertorio que yo tengo es muy grande y siempre lo digo: «Si voy a un festival cierro». No me hagas tocar en el medio porque le hago una putada al que viene detrás. Evidentemente, con Deep Purple no. A ver cómo salen ellos. Pero yo tengo muy claro que si yo salgo en las mismas condiciones que una estrella anglosajona, cuidadito.

-¿Cómo son los minutos previos a pisar el escenario?

-Salgo del hotel, bebo un malta con huelo, fumo un par de cigarrillos y llego cinco minutos antes al sitio del concierto. No me gusta estar mucho en el camerino, en él soy como tigre metido en una jaula. Y no dejo que nadie se cruce, pase o entre en donde esté. Solo puede entrar mi banda y mi mánager. Cualquier influencia exterior es el horror. Te puede destrozar un concierto. El inútil que de repente entra y te dice «¿Necesitas algo?». ¡Ya la has cagado chaval! No, la gente que está conmigo tiene que tener la misma concentración y las mismas ganas salir a matar. Porque vamos a jugar un partido importante. Estamos en la primera división y cada partido es importante para conquistar la vida. Tenemos que demostrar que somos los mejores y por eso salimos como salimos.

-¿Qué piensa de la oleada de reuniones actual?

-Hace diez años revistas como Rockdelux decían que cuando se juntaban los grupos era cosa de dinosaurios. Lo peor es cuando los grupos que defendían entonces esas revistas empiezan a hacer lo mismo [risas]. Es decir, vuelve Suede y ¿qué? ¡Se te debe de quedar una cara de tonto! Yo soy más práctico. La gente quiere escuchar a sus bandas, tío, y eso no está mal. Si se tiene dignidad y algo que contar, adelante. Es lógico,la gente de los sesenta sigue viendo a los Stones y los Who y a mí me gustaría poder haber visto más veces a los Clash o los Ramones. Nosotros sí que nos hemos quedado en ascuas. La ola de nostalgica es lógica, la gente quiere ver con lo que creció. Lo que no parece bien es lo que ocurría en la movida. Mucha gente criticaba a los Sírex o Los Bravos por reunirse. Los llamaban música para jóvenes carrozas, los tildaban de viejos ¡y tenían 35 años! Ahora algunos de los que criticaban entonces vuelven con sus bandas. Pues bueno... Y fuera igual. Ya verás cuánto tardan en juntarse Oasis. El único que se mantiene firme es Morrissey.

-Y Paul Weller con The Jam.

-Sí, tienen un par de huevos y dicen: «¡Y una mierda vuelvo!». También soy partidario de eso, ¿eh? A mí no se me ocurriría volver con los Trogloditas ni en broma. Eso acabó. Yo no vivo del pasado. Los ochenta suponen el 40% de mi repertorio.

-¿Cuántas veces le han llamado facha?

-Las mismas que rojo. Me gusta estar ahí, en ese punto.

-¿Sigue luchando contra los dogmas para crecer?

-Sí, el gran error de la cultura española es que la derecha quiere destrozarla y la izquierda quiere controlarla. Yo creo que la cultura es un valor para todos los ciudadanos. No voy a dejar de escuchar a Sinatra porque fuera amigo de Ronald Reagan. Políticamente cada uno que opine lo que quiera, estamos en un país democrático. A mí eso de juzgar a un artista por su ideología política me parece del siglo pasado.

-¿Recuerda cuando a Russian Red la crucificaron por decir que era de derechas?

-Sí, y a Luis Alberto de Cuencia le llamaron fascista de pata negra. Esto cuando muchos artista españoles fueron a tocar a Cuba, que vamos democráta, demócrata no es. Si nos ponemos así, en España tenemos casos como Fermín Muguruza o Lluis Llach, que piden la independencia de Euskadi o Cataluña. Yo los juzgo solo como artistas. Son grandes, excelentes artistas. ¿Tengo yo que juzgar a un artista por su ideología? Anda, hombre. A mí me interesa la obra, las canciones. Cuando se está en un país democrático yo creo que eso sobra. Hemos estado en una dictadura y, vale, las canciones fueron importantes en ella. Pero de ahí a pensar que seguimos viviendo en dictadura, es un poco fuerte. Aunque bueno hay gente que lo cree y que pagaría por ver a los grises entrando en la Universidad. Le encantaría. Pero lo siento chicos, eso se ha acabado. Estamos ya en otra cosa [risas].

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