Alfredo Landa, más allá del landismo

El actor, premiado en Cannes por «Los santos inocentes», falleció en Madrid a los 80 años. El inventor del «landismo» fue todos los hombres corrientes en uno solo

Adiós, Alfredo Landa

Redacción / La Voz

Alfredo Landa (Pamplona, 1933), el actor que inventó un género propio, el landismo, para luego sepultarlo en el desván de las españoladas y demás cutreríos y emerger en el último tercio de su carrera como uno de los grandes clásicos del cine español del siglo XX, falleció ayer en Madrid a los 80 años. Llevaba 120 largometrajes a sus espaldas.

Nació Landa como actor en las tablas del Teatro Español Universitario de San Sebastián, donde protagonizó más de cuarenta obras antes de instalarse en Madrid en 1958. Solo un año antes había debutado en el cine con la olvidada El puente de la paz, de Rafael J. Salvia, aunque su primer gran papel en el celuloide llegó con Atraco a las tres, de José María Forqué, en 1962, con el que arrancó una primera etapa cómica de su filmografía con títulos sobresalientes como El verdugo o Ninette y un señor de Murcia.

Y en esto llegó el landismo, que se prolongó durante apenas un lustro pero que sumó unas 35 películas. Nunca renunció Landa a su landismo ni a las denostadas españoladas que perpetró de la mano de Mariano Ozores y asimilados. Pero fue No desearás al vecino del quinto la cumbre de este subgénero y, de hecho, la cinta del prescindible Ramón Fernández sigue figurando, con sus cuatro millones largos de espectadores, en el top ten de los filmes más taquilleros de la historia del cine español.

La reinvención

Fue en el último tramo de su biografía cuando Landa obró el milagro de su reinvención. Murió Franco y, como el país, Alfredo el Grande resucitó de sus cenizas. J. A. Bardem lo fichó en 1976 para El puente, considerado uno de los títulos esenciales de su filmografía, y España descubrió que había un mundo más allá de las españoladas y que bastaba con dar a sus actores un guion y un director para que demostrasen que tenían sobradas agallas y talento para plantar cara a los grandes del cine internacional. Fue en el pellejo de Germán Areta en El crack (1981), de José Luis Garci, donde escuchamos decir al curtido sabueso, apuntando a su oponente con una pistola oculta bajo la mesa: «Baretta, dame el mechero o te vuelo los huevos». Había nacido otro Landa, que tras huir de la caspa del macho carpetovetónico que correteaba detrás de las vikingas, era capaz de bordar su Paco el Bajo en Los santos inocentes (1984), de Mario Camus, por el que logró junto a Paco Rabal el premio a la mejor interpretación en el Festival de Cannes. También se enfundó el uniforme del brigada Castro en la espléndida La vaquilla (1985), de Luis García Berlanga, y se metió en las carnes de Xan de Malvís Fendetestas, el legendario personaje de Wenceslao en El bosque animado, que José Luis Cuerda y Rafael Azcona convirtieron en oro filmado en 1987 y por el que Landa obtuvo su primer Goya (lograría otro por La marrana, de nuevo con Cuerda, y una estatuilla honorífica al conjunto de su carrera en el 2008).

Antes de que la televisión norteamericana echase un pulso al cine con la forja de las nuevas series de culto, Alfredo Landa ya había demostrado que la pequeña pantalla también podía ser grande. Lo hizo como Sancho Panza en la magistral producción Don Quijote (1991) dirigida por Manuel Gutiérrez Aragón para aquella TVE, en la que compartió desventuras con el memorable Alonso Quijano del gallego Fernando Rey.

Fan del fútbol, de los cócteles y del mus -aseguraba que su verdadero talento residía en su habilidad sobre el tapete-, en el 2007 anunció, a su manera, que dejaba el cine: «Desde aquí le digo a Steven Spielberg y Martin Scorsese que no tienen nada que hacer y que hasta luego». Ayer el landismo se fue con él a los cielos del cine.

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