La feroz caricatura de Hitler como una bestia inmunda


Si tuviera que elegir una sola obra de esta excelente exposición sería El conquistador. Algunos dirán que es una apuesta arriesgada, ya que se pueden ver piezas maestras de genios como Picasso, Matisse, Duchamp, Ernst, Dubuffet o Giacometti. También es cierto que se exhiben espeluznantes trabajos realizados en los campos de internamiento, que causan una fuerte impresión, ya que bastantes de sus autores murieron allí. Pero el cuadro de Joseph Steib es impactante, por su fuerza expresiva y la repugnancia que provoca, y revelador de lo que fue la resistencia artística en una de las épocas más siniestras de la historia.

¿Quién era este artista olvidado e infravalorado hasta hace bien poco que caricaturizó y ridiculizó con tanta brutalidad como lucidez a Hitler? Un funcionario aparentemente gris, discreto y sin historia del que no se sabe mucho. Steib (1898-1966) trabajó en el servicio de aguas de Mulhouse, su ciudad natal, hasta principios de los años 40, cuando se retiró por problemas de salud. No pasaba de ser un pintor miniaturista alsaciano de indudable talento, que plasmaba escenas familiares e ilustraba leyendas de su tierra.

Hitler, animalizado

Pero al estallar la guerra y consumarse la ocupación alemana, instalado en la cocina de su casa de Brunstatt, a las afueras de Mulhouse, se transformó y comenzó a pintar una serie de decenas de cuadros que denuncian el régimen nazi, sus abusos, el yugo implacable impuesto a Alsacia, a sus dirigentes y, sobre todo, al Führer. Unos lienzos que ocultó en las paredes de su apartamento, ya que de ser descubiertos les habría costado la vida tanto a él como a su esposa Rosa, de la que se sabe que estaba aterrorizada ante la posibilidad de que los delataran.

En su feroz caricatura, pintada en 1942, Hitler aparece como una bestia inmunda y repulsiva, lo que Steib consigue mediante su animalización. Un cerdo boca abajo ocupa el lugar de la boca y el mentón. La cruz gamada está formada por dos serpientes. De sus cejas brotan pájaros y de sus orejas salen extrañas criaturas. Pero el autor golpea al genocida en su punto más débil, su condición de artista fracasado, que suspendió el examen de ingreso en la Academia de Bellas Artes de Viena en 1907 y 1908. Una paleta y un pincel como corbata subrayan esa frustración que le acompañó toda su vida.

Murió olvidado

Meses después de la liberación de Alsacia, en septiembre de 1945, Steib expuso 56 obras en Brunstatt, bajo el título de Le Salon del rêves (El salón de los sueños). Sería la única exposición en vida del artista, debido a que los horrores de la guerra estaban demasiado cercanos y la gente quería olvidar. Murió olvidado hasta que en el 2006 resurgió con una muestra en el Museo de Arte Moderno y Contemporáneo de Estrasburgo.

Para el director del Museo de Arte Contemporáneo de la ciudad de París, Fabrice Hergott, sus trabajos componen una «obra única, alucinante, inspirada en el asco que el nazismo provocaba en la conciencia patriótica y religiosa de Joseph Steib». Además de El conquistador en la muestra hay otras ocho obras. En algunas caricaturiza y ridiculiza al nazismo y sus dirigentes, como La Última Escena, una parodia de La Última Cena donde el anticristo Hitler preside el ágape con sus 12 apóstoles malvados; Bajo la bota alemana, que muestra una escena de represión cotidiana; y La condenación del Führer, en el que Hitler se quema en el infierno. En otras, anticipa en tono profético la caída del Tercer Reich.

Este pintor me recuerda a Victor Klemperer, el destacado filólogo alemán de origen judío que contó en sus diarios la barbarie cotidiana del nazismo, poniendo en peligro su vida. Los dos tomos titulados Quiero dar testimonio hasta el final (Galaxia Gutenberg) son un documento de un valor inestimable. Al igual que Klemperer dio testimonio del terror nazi mediante la palabra escrita, Steib lo hizo con los pinceles. Ese trabajo en la intimidad les sirvió para sobrevivir en aquellos tiempos tenebrosos.

Para los que no puedan acudir a Bilbao, el catálogo editado por el Museo Guggenheim y la editorial La Fábrica es un buen sucedáneo.

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