David Bowie: Mirando hacia atrás sin ira

«The next day» es un disco duro y roquero, una lección de nostalgia bien entendida que cobija cierta desazón por si estaremos ante una despedida


Es el disco del año, su mejor trabajo desde 1980, el retorno más esperado de la década o una resurrección artística de lujo. De todo se ha dicho sobre el regreso de David Bowie al mundo de la música con su primer disco en diez años, The next day. Y probablemente todo sea cierto. Es de justicia advertir que al que esto escribe le pasa con Bowie como con el cerdo: que considera manjar hasta andares tan poco garbosos como el Lodger o las aventuras al frente de Tin Machine. Aún así, no traiciona la objetividad el afirmar que este músico en edad de jubilación ha grabado uno de los discos más interesantes de los últimos años.

The next day es un disco roquero, duro, que sin embargo fue presentado con su tema más delicado, Where are we now, no sabemos bien si por despistar al personal o por lanzar algún mensaje al sorprendido oyente, que tomaba esta nueva canción como maná caído del cielo. Quizá quisiera marcar con ese primer sencillo el espíritu que domina el disco, en el que Bowie da una lección de nostalgia bien entendida. Porque lo que desprende este trabajo en mayor medida sea esa sensación de estar mirando al pasado con amabilidad -y no con ira, como decía la canción-, de hacer un balance con resultado más que positivo, como si del fin de un ciclo se tratase. Aunque lo que provoca cierta inevitable desazón es que podamos estar ante una despedida. Que no estaría mal, y que sería «muy Bowie»: morir matando, por todo lo alto y sin permitir que la edad juegue malas pasadas. Sin arrastrar viejos éxitos por los escenarios. Sin disco de duetos ni revisitación de glorias pasadas. No. Simplemente con un discazo donde todo es nuevo y novedoso. Menos el que canta que, afortunadamente, es el de siempre.

Más allá de la música

La presentación de este disco constituye un fenómeno social que supera a lo estrictamente musical, igual que el talento del cantante. Asimilado ya desde hace tiempo que la mejor obra de David Robert Jones es la creación de un personaje, la estrella total, llamada Bowie, sigue el músico dando lecciones de cómo deben hacerse las cosas en esto del mundo del espectáculo. En primer lugar, rompe con la tendencia actual de publicitar vía red social cualquier anécdota que decore la más insustancial de las vidas. Bowie desapareció hace diez años y solo supimos de él cuando colaboró con algún músico o actriz, siempre en un discretísimo segundo plano. Pero cuando llega la hora de volver al ruedo, obra el milagro de, en plena sociedad de la información, donde todo se sabe antes incluso de que ocurra, mantener en secreto absoluto el acontecimiento musical de la década, el regreso más esperado. Y lo que consigue con eso es, precisamente, un efecto rebote que lo lleva a estar en boca de todos. Genio y figura del márketing.

En el terreno de las canciones, The next day funciona como un paseo por las distintas épocas del cantante, como un resumen de éxitos y fracasos de casi 50 años de carrera, con momentos memorables y todo rubricado por esa voz que despierta alertas en el hipotálamo de todos los que la añoraban. Producido de nuevo por Toni Visconti, arranca sin tregua, dando muestra de un pleno estado de forma con las guitarras de la canción que da título al álbum, para ir sorteando estilos y maridando a la perfección los riffs de los 70 con la oscuridad de la etapa berlinesa, la querencia bailable de los 80 y el Bowie más industrial de los 90.

Entre lo más destacado, clásicos instantáneos como Valentine's day o guiños autorreferenciales como You feel so lonely you could die, que mezcla el crescendo de Rock and Roll suicide con la batería olvidada de Five Years; el comienzo a lo Modern love de Dancing out of space o la guitarra acústica de Heat. Termina la edición especial con tres extras entre los que está So she, delicada pieza pop que merecía mejor posición en el disco. Y todo sonando a siglo XXI.

Tiene narices que tenga que venir un señor de 66 años a enseñarnos, otra vez, lo que es moderno.

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