González-Trevijano analiza las claves de 10 magnicidios

Presentó ayer su libro en Madrid junto a Torres-Dulce y Savater


Madrid / La Voz

«Es un ensayo riguroso, desde un punto de vista académico, pero que pretende ser también ameno, en el que selecciono los magnicidios más sobresalientes de la historia», señala Pedro González-Trevijano sobre su libro Magnicidios de la historia (Galaxia Gutenberg/Círculo de Lectores), que presentó ayer en el Museo Thyssen-Bornemiza de Madrid, con la participación del fiscal general del Estado, Eduardo Torres-Dulce, y el escritor Fernando Savater.

Hugh Thomas asegura en el prólogo que González- Trevijano «ha escrito un libro fascinante sobre diez asesinatos políticos». Desde César, en el siglo I a. de C., hasta Aldo Moro, en la década de 1970. Los otros ocho son dos norteamericanos (los presidentes Lincoln y Kennedy), dos rusos (el zar Nicolás II y Trotsky), el indio Gandhi, el francés Marat, Carrero Blanco y el archiduque Francisco Fernando de Austria.

«Se trata de transmitir al lector cuál es el contexto social y político en el que se produce el atentado, las causas, el perfil del asesinado y del o los magnicidas y las consecuencias», señala el rector de la Universidad Rey Juan Carlos.

Destaca que «todos los asesinatos son moralmente execrables y rechazables, no hay ningún magnicidio que esté justificado». Pero añade, además, que «las consecuencias políticas que se buscan con los magnicidios no se satisfacen, muchas veces lo que los asesinos o los conspiradores pretenden no solo no se cumple, sino que sucede todo lo contrario». En ese sentido, recuerda que la conspiración del Senado para acabar con César se debía a su preocupación por el poder cada vez más absoluto de este y pretendía volver a los tiempos de la República. «Pero sucede todo lo contrario, Roma se llena de sangre y acaba tomando el poder Augusto, que concentra en su persona un poder que ni siquiera César se hubiera atrevido a esbozar». Relativiza la importancia política del asesinato de Carrero. «Era el álter ego de Franco, el más rancio depositario de las esencias franquistas y de la continuación del régimen, pero estoy convencido de que la transición se hubiera producido sí o sí, con y sin Carrero», asegura.

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