Oscars 2013: Steven Spielberg se contiene

Con «Lincoln» el director firma una historia emocionalmente austera para lo que nos tiene acostumbrados, eficaz y, según los historiadores, tendenciosa


De El color púrpura (1985) a Amistad (1997), y ahora, Lincoln: tres piezas del cuadro que Steven Spielberg ha ido construyendo a lo largo de cuatro décadas en torno a la esclavitud, el abolicionismo y los derechos civiles de la población negra. El rey Midas de Hollywood o simplemente el hombre que estaba detrás de Tiburón, ET o Indiana Jones regresa ahora más contenido que nunca con un filme largamente deseado (por él), construido entre el thriller político y el biopic, y con un Daniel Day-Lewis, para variar, en estado de gracia. Y se coloca directamente como la gran favorita para los Oscars con 12 nominaciones.

Spielberg adquirió en 1999 los derechos del libro Team of Rivals, de Doris Kearn Goodwin, en el que se basa tangencialmente Lincoln. Su primera opción para encarnar al presidente más glorificado de la historia de EE.UU. fue Liam Neeson, pero tras diez años de dilaciones el irlandés se apeó del proyecto y, casi inmediatamente, Spielberg anunció el fichaje de Day-Lewis y el rodaje de una historia previsible y arriesgada a un tiempo. Una película centrada en los últimos cuatro meses de vida de Abraham Lincoln, en las tensas semanas (con la guerra civil encima) en las que logró aprobar la enmienda 13 de la Constitución, aquella que abolió la esclavitud, aunque no la discriminación.

Ese mismo Lincoln que ha sido llevado al cine en no menos de 25 ocasiones desde la fundacional y reaccionaria El nacimiento de una nación, de W. D. Griffith, aspira ahora a convertirse no solo en líder de la temporada de premios (12 candidaturas a los Oscars), sino en material indispensable de las escuelas estadounidenses. Spielberg, el didáctico, historicista y humanista, está de regreso.

Más cerca y más lejos de sí mismo que nunca, el realizador vuelve más contenido en el plano formal, menos dado a la lágrima y al subrayado emocional (hasta parece que no lo ha filmado él), pero con su recurrente interés por las relaciones del ser humano con el otro, ya sea este un extraterrestre, un judío o una comunidad afroamericana. Vuelve tras sus dos últimas incursiones (Súper-8, en calidad de productor, y Las aventuras de Tintín, como director) en el género de aventuras que él mismo reinventó en los 80 con Indiana Jones, y después de Caballo de batalla (2011), que confirmó al peor Spielberg: el más sentimentalista.

Con Lincoln, la gran favorita de los Oscars de este año, aparece otro de los Leitmotiv de su carrera: las críticas desde las plateas políticas o académicas. Pasó con Munich (2005), escrita por Tony Kushner, guionista de Lincoln, y basada en el atentado contraterrorista que el Mossad organizó para castigar a los autores de la masacre del equipo olímpico israelí en Munich 72: fue criticada duramente tanto en Israel como en Palestina, y el intento de Spielberg de ser ecuánime quedó manchado.

Y está pasando con Lincoln, que ya ha recibido una generosa dosis de dardos por parte de historiadores que desde las columnas de The New York Times le achacan inexactitudes y vacíos imperdonables, como no mostrar a abolicionistas negros y hacer ver así que la prohibición de la esclavitud fue cosa de blancos. Pasivos y decorativos, así ven los críticos a los personajes afroamericanos de la cinta. Todo ello, unido a la lectura de la película como una manera de tirar de las orejas a la Administración de Barack Obama.

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