Poeta del hormigón, arquitecto de la curva


¿Y la curva?

Con gesto de dignidad ofendida:

-¡Caballero, en Castilla no hay curvas!

Como en la reflexión de Ortega y Gasset, en la geometría de la posguerra europea no había espacio para la curva. El racionalismo y la herencia de la Bauhaus y de vanguardias como el cubismo impusieron la línea recta, el estilo internacional. Pero la curva existía, estaba en la cabeza de un joven arquitecto brasileño. Óscar Niemeyer demostró que con curvas y fachadas de un blanco inmaculado podía hacerse una arquitectura tan pura como la que preconizaban desde el otro lado del océano.

Es más, incluso podía fundirse con ella, como ocurrió en el proyecto de la sede de la ONU en Nueva York, donde Niemeyer consiguió que Le Corbusier aceptase sus modificaciones a la propuesta inicial. El discípulo se imponía al maestro.

A menudo se asocia a Niemeyer con el epicureísmo y la sensualidad que emana la mujer brasileña -hay una leyenda que dice que para el arco del sambódromo de Río se inspiró en la bunda (las nalgas) de una garota-, pero si algo lo define es que fue un trabajador incansable. Junto a Lucio Costa asumió la titánica tarea de levantar una ciudad de la nada, Brasilia; desafió a la dictadura, tuvo que exiliarse y cuando regresó, ya con 80 años, inició una nueva y fructífera carrera con espléndidos hitos como el Museo de Arte Contemporáneo de Niterói.

Nunca abandonó la escuadra y el cartabón, como tampoco su ideología comunista. Niemeyer fue un poeta del hormigón armado y moldeó la arquitectura con las suaves curvas del morro Pan de Azúcar.

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