Nos merecíamos un robo mejor

Finalmente, el Códice apareció en un garaje, envuelto en bolsas de basura, habiendo sobrevivido un año a mohos, insectos y roedores


catedrático de historia de la usc

El día 4 de julio, fiesta nacional de EE. UU. según nos recordó la prensa, pasará a la historia. En él se anunció la recuperación del Códice Calixtino. Justo un año antes amaneció Santiago en estado de emergencia, sobrevolada a baja altura por un helicóptero, haciendo temer algo así como un atentado terrorista. Disipado el temor, llegó el estupor: habían robado el Calixtino, lo que dio lugar a distintas hipótesis.

Se pensó, no sin razón, si podría ser un robo-secuestro del terrorismo islámico. Al fin y al cabo el Apóstol es «Matamoros», Santiago funcionó en la Edad Media como contrapartida de peregrinación cristiana a La Meca, y Al Qaida se refiere a los occidentales como «cruzados». La idea de un vídeo en YouTube enseñando el libro de los cristianos desde las montañas de Afganistán llegó a ser factible. La siguiente hipótesis fue la de robo a escala internacional, hecho por encargo para un rico y maniático coleccionista, que desearía contemplar el Códice al anochecer en su nuevo escondrijo entre la delectación y la risa sardónica.

Como se empezó a decir que el Códice, un libro esencial para comprender no solo la historia de Santiago, sino de la Edad Media española y la cultura europea, era casi el libro más importante de Europa, siendo su valor incalculable, este robo con secuestro pareció la hipótesis más probable, pues el libro sería invendible en mercados legales.

Comenzó luego la imaginación popular y periodística a crear novelescas e inverosímiles tramas de guerras dentro del Cabildo, que necesitarían un nuevo Umberto Eco para que escribiese una estrafalaria novela gótica con sus envenenamientos, secuestros y robos sin fin, a pesar de no ser la catedral de estilo gótico, sino románico. Pero todo quedó en nada.

Un año después llegó el libro, no rescatado por un comando de marines en Afganistán, ni traído por la Interpol, con un consiguiente honroso desembarco en Lavacolla, sino descubierto por el buen hacer de un juez local, auxiliado por la policía española. Y el libro apareció en un trastero-garaje, envuelto en bolsas de basura, habiendo sobrevivido un año a mohos, insectos y roedores que son moradores habituales de esos lugares, lo que algún entusiasta podría atribuir a otro milagro del santo a añadir al propio texto del Calixtino.

Pertenece el Calixtino a la familia de los códices con ilustraciones que los expertos llaman iluminados, y quizás esa sea la razón por la que lo robó el electricista de la catedral, basándose en una definición amplia del arte de la iluminación. Un electricista al que se le hallaron bolsas llenas de billetes, que podrían entusiasmar a algunos ingenuos estudiantes de electrotecnia, que creyesen que esos réditos eran el fruto de las tarifas de este profesional. En el mismo noticiario pudimos ver cómo un juez acababa de imputar a toda la cúpula de Bankia, en este caso más por asunto de billetes que de electricidad, ya que su gestión había sido algo más que oscura.

Y por último llegó la noticia de que otros electricistas, famosos por sus gastos de luz, los físicos del CERN de Ginebra, habían descubierto la «partícula de Dios», dando así muestras de una gran modestia. Ya Isaac Newton había dicho que al descubrir la ley de la gravedad había sorprendido a Dios in fraganti, al robarle la fórmula con la que había creado el universo. Ahora se dijo lo mismo, aunque se reconoce que la partícula no se podría ver, no se sabe si por lo pequeña que es, porque al ser de Dios es invisible como él, o porque solo es una compleja conjetura de la teoría cuántica, con la que se puede seguir trabajando en la búsqueda sin fin del conocimiento fragmentario del universo. Más bien debe ser solo eso.

Todo esto ocurrió el 4 de julio del 2012. ¡Jo, qué día!

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