Grandes transforma la posguerra en una novela de terror

Luís Pousa Rodríguez
luís pousa ALCALÁ LA REAL (JAÉN) /E. ESPECIAL

CULTURA

La escritora presentó en la Sierra Sur de Jaén «El lector de Julio Verne»

07 mar 2012 . Actualizado a las 07:00 h.

Almudena Grandes (Madrid, 1960) acaba de publicar El lector de Julio Verne (Tusquets), la segunda entrega, tras Inés y la alegría, de su ambiciosa saga narrativa Episodios de una guerra interminable. Para su puesta en escena eligió el decorado real del relato: la Sierra Sur de Jaén. En la fortaleza de la Mota, en Alcalá la Real, diseccionó para la prensa esta narración protagonizada por Nino, un inquieto chaval de nueve años, hijo de un guardia civil, que asiste asombrado, desde la casa cuartel de Fuensanta de Martos, a las andanzas de los maquis que entre los peñascos de la sierra intentan hacer frente al franquismo y a la brutal represión desencadenada por la dictadura en la posguerra. Y, como el libro es una sutil combinación de realidad y ficción, Grandes estuvo arropada en la rueda de prensa por el Nino de carne y hueso, el personaje cuya vida inspiró el relato: Cristino Pérez, catedrático de Psicología de la Universidad de Granada, y por Esther Estremera, nieta del legendario guerrillero Cencerro, que también protagoniza, en un segundo y siempre misterioso plano, El lector de Julio Verne.

Grandes subrayó que la obra es al mismo tiempo «una novela de aventuras y de terror, porque cuenta el terror de la posguerra desde la voz inocente de un niño al que las circunstancias obligan a crecer más rápido de lo debido». A esa veloz biografía contribuye el hallazgo de una biblioteca clandestina donde Nino se entrega a la prosa de Verne, pero también a los Episodios nacionales. Una elección nada casual, como ayer confesó la autora. «Lee a Galdós como ya lo hacía Inés en mi anterior obra y como se va a leer en todas y cada una de las novelas de esta serie, porque ahora hasta los que se meten conmigo leen y elogian a Galdós», ironizó Grandes.

Esther Estremera, nieta de Cencerro, trazó un emocionado testimonio de cómo sufrió la familia del maquis las represalias del régimen durante la larga posguerra y reivindicó la necesidad de recuperar la memoria histórica de aquel tiempo. Cristino Pérez, que matizó sus diferencias con el Nino de la novela, explicó las eternas contradicciones de su vida en la casa cuartel de la Guardia Civil: «Por un lado tenías un plus, porque te dejaban pasar gratis al cine, pero, por otro, escuchábamos tras las paredes los gritos de los detenidos durante los interrogatorios y veíamos a diario la humillación y el temor de quienes acudían allí».