La Academia no se encuentra

La ceremonia se convierte en una comedia sosa y previsible


redacción / la voz

La madrugada ofrecía un intenso enfrentamiento entre dos espectáculos con un mismo modelo de negocio: grandes estrellas sometidas a la inspección continua de cámaras cautivas. La batalla fue entre la entrega de los Óscar y el partido de All Star de la NBA.

La gala de los premios que se suponen más importantes del mundo del espectáculo confirma, año tras año, que es una de las actividades menos espectaculares de la industria del entretenimiento. Descontando el largo y tortuoso camino de la alfombra roja con las mismas preguntas para las mismas repuestas, el margen de maniobra de lo que industria puede permitirse es tan pequeño que todo se ha vuelto previsible.

La presión pudo con Billy Crystal y su humor blanco se volvió blanco nuclear. Estuvo rápido, no se lio a improvisar y fue dejando algunas bromas ligeramente aduladoras en cada presentación de los encargados de entregar premios. El presentador cumplió con su papel si tenemos en cuenta que la gala es como una de esas comedias románticas, muy sosas pero con final feliz en la que nada puede perturbar la paz de los famosos.

Los dos o tres momentos en los que la ceremonia dejó de tener tal nombre para llamarse espectáculo dependieron de lo emotivo de los premiados y de un género del espectáculo que lleva años moribundo, pero sigue aquí. La sorpresa la puso el Cirque du Soleil, con su despliegue de malabares y trapecios voladores sobre imágenes del cine clásico. Los asistentes agradecieron poder aplaudir algo con convicción.

Otro espectáculo de la interpretación fue el que puso Meryl Streep al recoger su premio por ponerle cara al maquillaje de Margaret Thatcher. Bromeó sobre lo que América diría sobre ella y no deja de ser la presunción de una diva. Pero el teatro decidió venirse arriba y ella se dejó querer con mucho desparpajo, como si toda la vida hubiera tenido una granja en Hollywood.

Emotiva fue la recogida de Christopher Plummer como actor de reparto. Tiene 82 años y ha sido protagonista muchas veces. Pero en Hollywood gustan los secundarios veteranos, porque son necesarios y no se llevan los grandes contratos.

La industria parece más seca que nunca y las únicas lágrimas de la noche las regaló Octavia Spencer, las únicas que parecían naturales. Intentó decirlo todo y se quejó de que le faltaba tiempo. La gala marcó a los premiados y en eso fue en lo que mejor funcionó: sin agradecimientos demasiado largos, aunque siga mandando la familia. Pero que alguien agradezca a su familia todos los desvelos para permitirle que sea actriz no parece un espectáculo suficiente para tres horas. Aunque sea la actriz más divina del mundo.

Hollywood rebuscó en su pasado, en las grandes películas, en las grandes salas, en los viejos ritos del cine para ver si el glamur resiste y el público permanece. Pero no parece que se haya encontrado.

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