Elizabeth Grant le gana el primer combate a Lana del Rey

Era la nueva promesa del pop independiente americano. Pero ante el aluvión de críticas, y a pesar de arrasar en las listas de todo el mundo, la artista pospone su gira hasta el otoño

Lana del Rey - Video Games

Redacción

Su comienzo fue brutal, pero crear expectativas tan altas, a la larga, pocas veces sale bien. Un vídeo casero que un buen día una chica de una familia acomodada de Nueva York decidió colgar en Youtube fue el comienzo del fenómeno Lana del Rey. Avalada por los millones y millones de visitas que acumulaba cada día su canción Video Games, muchos comenzaron a perfilarla como un proyecto de it girl de portada de revista, una muñeca pin up lánguida de voz dulce en perfecto equilibrio con su desbordante sensualidad y sus letras sobre pasados oscuros, sueños americanos y corazones rotos.

Lana del Rey jugó al despiste desde el primer momento. Escondida tras un nombre artístico -una peculiar combinación de la protagonista de El cartero siempre llama dos veces, Lana Turner, y un modelo de coche fabricado por Ford en la década de los ochenta, Ford del Rey- la nueva chica de moda es en realidad Elizabeth Grant, la mayor de tres hermanos de una familia que, como ella, también se hizo a sí misma gracias a un padre emprendedor que consiguió montarse en el dólar levantando su propia inmobiliaria en Lake Placid, una zona turística cerca de Canadá.

El resto de la historia encajaría a la perfección como guión de una típica película americana. A los 18, una joven Lizzy se fue con los bolsillos vacíos a estudiar alguna carrera a Nueva York y, de paso, hacerse un nombre en el mundo del espectáculo de la gran ciudad. Los años fueron pasando y dejó a un lado el campus universitario para acostumbrarse fácilmente a las noches de micrófonos abiertos. Después, varios años viviendo en una vieja caravana en Nueva Jersey y un intento fallido de éxito -Lana del ray a.k.a. Lizzy Grant , hoy ya descatalogado-, con un pequeño sello discográfico. Un paso en falso. Y, de repente, después de darle tiempo al olvido, resurge de sus cenizas con una estrella en la frente gracias a un video a modo collage, construido a base de instantáneas vintage, recortes antiguos y fotogramas en blanco y negro. Y, en medio del desorden evocador de imágenes, ella. Su melena de león, la fiebre en sus labios, su máscara de pestañas.

Después de Video Games, y frotándose las manos mientras se recreaban en Born To Die, el single que da nombre al disco, los medios independientes, que esperaban su llegada como la de un nuevo mesías, se dieron de bruces con una realidad descafeinada una vez que escucharon del derecho y del revés su álbum debut, que vio la luz el 31 de enero. En él, una atormentada, gamberra y salvaje Lana entreabre la puerta en sus canciones hacia un pasado oscuro y encantadoramente decadente, de vasos medio vacíos de whisky, de adolescentes inadaptados, pero siempre glamurosos, de escapadas nocturnas y coqueteos peligrosos. Despliega sonidos que evocan arañazos en las paredes y rechinar de dientes, mañanas de resaca y sueños a medio cumplir, amores platónicos y noches desenfrenadas a medio acabar.

Los críticos que confiaban en la llegada de una nueva revelación del pop alternativo americano, un impacto, un sonido capaz de generar escalofríos y dejarles boquiabiertos, se encontraron ante ellos a una diva del despiste, un juguete perfectamente diseñado, con alma de pantera, voz grave y afectada, y físico para triunfar. Una espiral que, apoyada en dos canciones, levantó un icono de humo antes de que llegase a nacer. Un inesperado bluff.

Lejos de la escandalosa Lady Gaga, en el extremo opuesto de feminidad que Madonna y quizá más cerca de Amy Winehouse, pero más naïf, apareció una Barbie retro. Diferente y prometedora. De esas chicas que atraen la mirada y de esas voces que enganchan. Que, sin embargo, no les gustó nada de nada. Poco original, aburrida, floja y desvaída fueron algunos de los adjetivos más suaves que le dedicaron a su juguete roto y a los versos de sus canciones.

Y, con todo eso encima, al primer resbalón -una desafortunada actuación en el programa de televisión Saturday Nigtht Live de la que no salió muy bien parada- su imagen se agrietó. Y ella no supo salir del paso. No supo regodearse en el aluvión de abucheos, ni lanzar una carcajada de oreja a oreja a todos aquellos que tanto la adoraban primero y machacaron después. Lana se hizo demasiado pequeña en su gran papel y no supo cómo levantar la cabeza, mirar hacia otro lado, sacudirse las malas opiniones sobre lo único a lo que, con la cara lavada y la luz apagada, puede echar mano de verdad: sus canciones y su voz. Se esfumó la chica del Rey y apareció Elizabeth Grant para confesar ante los medios, saliendo del paso, que con su álbum debut ya había dicho todo lo que tenía que decir. Que no habría un segundo disco -«He pasado de ser una chica que quería ser una cantante con fama mundial a centrarme en llegar a ser un miembro útil y activo de nuestra sociedad, una persona que vive con dignidad y gracia», declaró la cantante-. Que la gira se posponía hasta el mes de octubre, según su representante, «porque el tour no estaba previsto, no porque se haya cancelado». Y escogió la opción de esperar a que las fieras se amansasen. Esconderse hasta que pasase la tormenta.

Sin embargo, el impredecible público general, aquellos que se rascan los bolsillos para comprar discos y esperan las colas de los conciertos, se rindió a los pies de Lana y de sus 15 canciones, a su álbum que se ha colado ya en el número uno de las listas musicales de Gran Bretaña, Alemania, Irlanda, Suiza y Austria, y en segunda posición del ránking de éxitos Billboard Top 200. Born to Die vendió 800.000 copias en el mundo en su primera semana y debutó en el Top10 de 15 países.

Ni se quejan de su autodestructividad ni de su dramatismo. Se sienten identificados con su tristeza apagada, entusiasmados con su voz melancólica perfecta para acompañar desengaños y tardes de resacas amargas. Capaces de ver en ella más que un personaje de videoclip, de anuncio de colonia, perfectamente coloreado para parecer casual.

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