Un viaje literario por el país a través de las páginas de La Voz


redacción / la voz

Álvaro Cunqueiro escribió algunas de sus páginas más brillantes en los periódicos, en artículos que conjugaban erudición, humor, memoria y atención por el detalle. En La Voz de Galicia contribuyó, en la década de los cincuenta, con varias series: De mi país (1952-53), Retratos imaginarios (1953-54), Tiempo presente (1954-55), El mundo y su sombra (1956-57) y Una ventana (1958-59). Además, colaboró ocasionalmente con textos especiales, como los dedicados a As San Lucas de Mondoñedo.

Si el articulismo es literatura en estado concentrado, Cunqueiro condensa, a veces en una misma pieza, referencias e ideas de fuentes de las procedencias más diversas, dotando al resultado de una coherencia natural y un estilo de una sencillez engañosa. Como en sus libros, pasa del padre Feijoo a Amadís de Gaula, de las tabernas de su infancia a la Pampa argentina, del maestro Mateo a Otero Pedrayo, de los hongos y las castañas a la caza, creando un universo personal en el que la cultura clásica se mezcla con la sabiduría popular en un todo sin fisuras.

El filtro de la fantasía

Si existe un hilo conductor de estos artículos, se encuentra en la capacidad de Cunqueiro para aplicar su filtro de fantasía a cada momento del calendario. Por ejemplo, con la llegada de la Navidad, en el texto Retablo de los Santos Inocentes, relata cómo Felipe, el barquero de Pacios, le contó que había pasado en su barca a un desconocido que aseguró ser un criado de Herodes, que viajaba a Fisterra para «avisar que el día 28 han de ser degollados los inocentes».

También destaca su habilidad para el retrato, sea de un tipo popular, como el gaitero Ramón de Crecente, que se movía «al ritmo pleno y total de la vida, la siembra y la cosecha, el viento y la lluvia, los ríos y las mozas, las fuentes y el fuego del hogar, el amor y las cuatro estaciones, el vino y la ausencia», sea de sabios como Sarmiento o Feijoo, a quien relaciona con Montaigne.

Y cuando el propio Cunqueiro es el entrevistado, las respuestas no desmerecen al ingenio del articulista, como en la charla que mantuvo a finales de los años cincuenta con Vituco Leirachá, en la que confiesa su amor por los vinos de la Borgoña, «los vinos que le van al intelectual europeo y católico, es decir, al hombre libre», su vida cotidiana en Mondoñedo, llena de vinos y dominó con amigos, paseos y lecturas, o su visión del Hamlet que acababa de escribir, «una versión, por decirlo de alguna manera, ?pirandelliana?, de uno de los mitos esenciales de la conciencia europea».

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