Carlos Ruiz Zafón: «Mi Barcelona es de fábula»

«Si no espabilamos, acabaremos todos como zombis frente a una pantalla», alerta


barcelona / enviado especial

Hallamos a Carlos Ruiz Zafón (Barcelona, 1964) entre las sombras luminosas del Ateneo barcelonés, el mismo escenario donde su personaje David Martín buscó refugio en El juego del ángel. En pleno vendaval promocional de El prisionero del cielo, Zafón explora los engranajes de su nueva novela, la tercera de la tetralogía del Cementerio de los Libros Olvidados.

-¿Van encajando ya las piezas de su saga narrativa?

-Este es el momento en que ya todo converge, en que podemos reinterpretar las historias y todo empieza a dirigirse hacia el gran final. Hasta ahora no sabíamos de qué iba la historia, solo habíamos visto la superficie y ahora es cuando vemos qué hay detrás de todo.

-Algunos lectores se quejaron de que su anterior obra, «El juego del ángel», era demasiado oscura. ¿Qué les diría?

-Sí, me consta, cuando estaba trabajando en la novela sabía que iba a haber lectores que se iban a enfadar conmigo porque iban a decir: «Esto no tiene ni pies ni cabeza»... Pero entendí que tenía que ser honesto con la historia y con el proyecto. Es mejor hacer esas apuestas que no intentar ser condescendiente con el lector, porque entonces el juego en sí perdería gran parte de su interés.

-¿Esta nueva entrega del ciclo es más «luminosa» que la anterior?

-Sí. Lo es por la propia naturaleza de la historia y también porque el personaje central sobre el que gravita todo es Fermín. Fermín es un alma pura y todo lo vemos filtrado por esa perspectiva.

-¿Hay una cierta predilección del autor por Fermín?

-Es un personaje que me gusta porque está muy próximo a mí.

-Se nota una cierta ternura por los personajes, ¿es algo imprescindible para escribir?

-Son una parte de uno mismo. Los buenos y los malos. Viven en tu cabeza durante tanto tiempo, que acaban siendo parte de ti y acabas entendiéndolos, incluso a los que no tienen perdón de Dios [risas].

-¿Hay que mudarse a Los Ángeles para tener perspectiva y poder escribir de Barcelona?

-No necesariamente. Yo nací aquí, me crie aquí. Yo llevo Barcelona dentro, aunque me vaya a Calcuta puedo escribir de Barcelona porque la llevo interiorizada conmigo, no necesito documentarme ni estar físicamente aquí. Pero Los Ángeles es, por lo que sea, un espacio que me permite ser más productivo, concentrarme más en el trabajo.

-Barcelona más que un escenario es ya un personaje más de sus novelas, ¿no?

-Esa es la idea. Yo quería crear una Barcelona que fuese más un personaje y que funcionase como mecanismo dramático más que como escenario. Mi Barcelona es de fábula. No falseo la ciudad, pero intento pasar sobre lo cotidiano, que a veces nos despista, e ir directamente a la esencia de la ciudad y darle ese tono, esa estilización, esa fantasmagoría barroca. Todo eso tiene que ver con la esencia de la ciudad, con el peso de la memoria. Aunque pongas un montón de boutiques hay cosas que no cambian. Las piedras de las ciudades recuerdan más que sus habitantes y yo intento escuchar lo que dicen las piedras.

-Ahora el centro de Barcelona, tomado por los turistas, parece más un parque temático.

-Es el efecto de plastificación o de parque temático, que los propios lugareños rehúyen, así que el centro queda tomado por los turistas y por negocios absurdos de souvenirs que no tienen nada que ver con la vida real de la ciudad. Sucede en todas partes. Es un mal de nuestros tiempos. Por eso yo intento recuperar la Barcelona de mi niñez, cuando esto todavía no había sucedido. Podías pasear por estas calles y olfatear lo que había pasado... Eso se ha evaporado.

-Se resiste a autorizar la versión cinematográfica de sus novelas. ¿Se animaría si se lo pidiera un Orson Welles del 2011?

-No. Yo soy un gran fan de Orson Welles, pero no. Y el propio Welles lo entendería, diría: «No toque usted estos libros, déjelos como están». Sobre todo porque estos son libros sobre los libros, y su lugar es ese: el estante de los libros, no una serie de televisión, ni un videojuego. No hace falta que todo sea igual, ni que todo acabe en el mismo lado, ¿no?

-¿Tendremos que crear un Cementerio de los Libros Olvidados real para frenar el avance imparable de las pantallas?

-Sí... Cuando hace años yo visualicé esa imagen del Cementerio de los Libros Olvidados para mí era un poco una metáfora, pero una metáfora no tanto sobre el libro, sino sobre la destrucción de la memoria y de la identidad. Pero si no espabilamos, acabaremos todos como zombis frente a una pantalla. No es que haya problemas con las pantallas, que a veces son muy prácticas, pero el mundo es grande y la vida es breve, y yo creo que hay que ir un poco más allá...

«Las piedras de las ciudades recuerdan más que sus habitantes»

«Destacado de cinco o seis líneas para entrevistas»

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