«Al salir del cine el público habrá perdido dos kilos»

El director de «Enterrado», el gallego Rodrigo Cortés, triunfa con su audaz película: 90 minutos dentro de un ataúd. Norteamérica se ha rendido a su talento


El miedo a ser enterrado vivo es un terror atávico que ha inspirado a creadores de la literatura y del cine. Pero nadie había explorado la crueldad de este acto y sus consecuencias hasta el punto de convertirlo en el tema de una película de 90 minutos sin salirse del ataúd. Este reto narrativo y técnico lo han asumido el guionista Chris Sparling, el actor Ryan Reynolds y el director Rodrigo Cortés, quienes, a juzgar por las primeras críticas a Buried (Enterrado), además de salir airosos del empeño, han firmado una futura obra maestra del cine.

Enterrado es una producción 100% española, pero la intensidad de su promoción se asemeja más al ritmo que impone Hollywood. Cortés admite que estos días «vive en un avión» entre Madrid y Barcelona. Nacido en 1973 en Pazos Ermos, Ourense, de donde procede su madre, de pequeño se mudó a Salamanca, aunque nunca perdió el contacto con Galicia. «Tengo la doble nacionalidad», bromea. Su primer largometraje, Concursante, contó con presencia gallega en la producción, el reparto y las localizaciones.

-Con «Enterrado» es la primera vez que filma un guión que no es suyo. ¿Afectó esto a su forma de trabajo?

-Pues en realidad no. Nunca pensé que fuera a hacer un guión ajeno, pero este llegó con tal fuerza que decidí en el momento que necesitaba hacer esa película. Pero a la hora de desarrollar el trabajo fue muy parecido, es decir, tratas de gestionar la información que recibe el espectador a partir de determinado material. Cuando este material es ajeno te enfrentas a algo ya acabado de forma virgen, mientras que cuando lo haces lo desarrollas paso a paso. Fuera de eso, no hay ninguna diferencia.

-Después de la espectacularidad visual de «15 días» y «Concursante» este planteamiento parece casi minimalista.

-Sí, pero con el mismo resultado. De lo que se trataba era de dinamitar las paredes del ataúd y crear una experiencia ajena a la lógica, porque en cuanto a la uses te centrarás en las restricciones. En una película así tienes que poder hacerlo todo, con toda libertad. Lo siguiente, por tanto, es no pensar en absoluto en la caja, solamente en la historia y en las emociones con las que quieres sacudir al espectador. Después, hay evidentes restricciones cinematográficas, pero debes plantear tu película como si estuviera en la ciudad de Nueva York o en una jungla tropical. Tienes que encontrar una manera de hacer todo eso dentro de una caja. Para esto tuvimos que construir siete cajas diferentes, con necesidades técnicas distintas: una con paredes móviles; otra, con las escalas cambiadas, para poder hacer efectos de perspectiva; otra nos permitió rodar cámara al hombro, algo obviamente imposible, o hacer planos de grúa incluso; otra reforzado para que Ryan pudiera empujar sin necesidad de fingir haciendo verosímil la presión de toneladas de tierra iraquí; otra era giratoria y teníamos una que permitía hacer movimientos de noria, un círculo en vertical en torno a la caja. Es decir, todos los planos imposibles que hacían posible una película imposible.

-Eso suena a pioneros del cine, cuando el oficio se asemejaba a la escenografía de un ilusionista. Una tradición artesana que usted siempre ha reivindicado.

-Sí, estoy muy de acuerdo. De hecho, la película, tal y como está hecha, se podría haber rodado en los años cincuenta o setenta, en el sentido de que no hay pantallas verdes ni 3D, contra lo que no tengo absolutamente nada, pero una de las razones por las que la película es así es que fuera absolutamente física, palpable y creíble. Y que cada uno perciba la rugosidad de la madera, el calor asfixiante, la falta de oxígeno, la textura del polvo y la arena. Debe golpear de una forma muy física al espectador, que sea absolutamente verosímil. Esa es la razón por la que el público abandona la sala con dos kilos menos de peso.

-¿Acepta la etiqueta de autodidacto?

-Claro, si autodidacto significa que uno no ha asistido a ninguna escuela, así es. Evidentemente, nadie es un lienzo en blanco y he tenido profesores, porque afortunadamente Scorsese, Hitchcock, Orson Welles, Eisenstein y Buster Keaton estrenaban en todos los rincones del mundo. Y también he tenido una gran ayuda de directores de malas películas, que muestran todo lo que no se debe hacer.

-Esa lista de directores parece un canon espontáneo...

-Sí, sí. Es verdad, porque siempre he sentido una identificación muy poderosa con los directores que podríamos llamar de montaje o directores-montadores. Buster Keaton, Orson Welles, Scorsese -sin duda, el mejor director vivo- y Kubrick me gustan mucho. Pero me siento golpeado por cualquier cosa que pertenezca a ese género que se llama cine bueno. Es muy opuesto lo que hacen Rohmer, Ozu, Howard Hawks o John Ford, pero me hacen vibrar de forma muy parecida. Afortunadamente, como espectador uno puede acceder a todas esas cosas que no hace como director.

-Las comparaciones de «Enterrado» con Hitchcock son inevitables.

-Uno tendría que nacer veinte veces para hacer el diez por ciento de lo que hizo el maestro, es una referencia inevitable en una película que constituye un desafío técnico y narrativo, como Náufragos o La soga, por ejemplo. Aparte de que él debería ser la referencia siempre y en todos los sentidos, porque él lo hizo todo, lo hizo antes y lo hizo mejor. Seguramente esta es una de las propuestas que a él le hubiera gustado hacer si hubiera llegado antes que yo, pero, por fortuna, esto no sucedió y aún nos dejó unas migajas.

-En este filme cobra más fuerza el papel del actor. ¿Cómo fue trabajar con Ryan Reynolds?

-Muy fácil desde el primer instante, en el sentido de que tengo pocas anécdotas jugosas que contar del rodaje. La película se rodó solo en 17 días por su agenda, en lugar de las seis semanas necesarias, pero ni se acortó ni se simplificó. En lugar de rodar 10 o 12 planos diarios, rodamos 35; hubo un día en que se llegó a 52. Y su compromiso va más allá de cualquier tipo de vanidad y, desde luego, más allá del deber. Básicamente, ahora ya sabe lo que siente una croqueta, rebozado en arena, sudor y sangre durante 17 días [risas]. Regresó con la espalda destrozada, los dedos achicharrados por el encendedor y con la piel destruida y parpadeando arena. Y esa fue la parte sencilla, porque en lo emocional desarrolla todas las emociones que transcurren en toda una vida y él las condensa en 90 minutos: del pánico extremo a la esperanza, la alegría, la frustración, el odio o la ira. Ryan es lo más parecido a un Stradivarius.

-«Concursante» no refrendó en la taquilla su éxito de crítica. ¿Qué lección sacó de aquello?

-Pues no lo sé, pero aquello fue una lección muy interesante en el sentido de que aprendes que las películas nacen totalmente desprotegidas, y pueden tomar una vía u otra dependiendo de determinada inercia inicial que se produce o no a partir del mismo material. Eso te permite mantener tu cautela siempre. Aprendes a mantener expectativas absolutamente neutras, de manera que uno evita euforias muy poco útiles y decepciones innecesarias.

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