Un visitante de honor en Galicia

Saramago admiraba a los autores gallegos y atendía siempre que podía las numerosas invitaciones que le cursaban


Aunque había nacido y vivido sus primeros años en una aldea del Ribatejo, polvorienta y árida por los efectos del sol, y aunque, desde principios de los noventa, escogió para vivir la volcánica isla de Lanzarote, a Saramago le encantaba la tierra verde y húmeda de Galicia. Y sus nieblas, y sus días grises, y su gente apacible. También, lo que el carácter gallego tiene de callado e irónico. Quizá por eso sintonizó tan bien con escritores de aquí, escribiesen en una lengua o en otra. Le atraían la calidad de la obra literaria y las señas de identidad vital que el autor dejaba traslucir en ella, más que la lengua que utilizaba para escribir sus poemas o sus novelas.

La amistad que mantuvo con Carlos Casares y con Torrente Ballester, por ejemplo, ratifica esta idea de que a Saramago le interesaban los buenos escritores de esta tierra gallega, independientemente de la lengua que empleasen en sus obras literarias.

Apreciaba la autenticidad del autor, sus valores humanos y literarios por encima de otras cuestiones, fuesen de la índole que fuesen. Y eso no significa que no le interesase el presente y el futuro de la lengua gallega, tan familiar para un portugués, y a la que veía en el mismo plano de igualdad que el castellano o el inglés.

Saramago acudía a Galicia siempre que podía atender algunas de las muchas invitaciones que recibía para visitarnos. Y, como ya señalaba, lo hacía con la satisfacción que se siente cuando uno se encuentra en un ambiente cómodo y familiar. Santiago, A Coruña, Ferrol, Vigo, Pontevedra, Ourense?, las distintas ciudades gallegas tenían para él un encanto y un atractivo diferente. Recíprocamente, en cada una de ellas tuvo siempre una buena acogida y un mejor trato. La elegancia de Saramago, así como su educación esmerada, no se merecían otra cosa.

Su amistad con Torrente

Coincidí con él en algunos de estos lugares, y siempre por la misma razón: asistiendo a algún homenaje, en vida, en honor de Gonzalo Torrente Ballester, o bien para participar en algún acto de recuerdo en su memoria, una vez muerto el escritor ferrolano. Y en este punto, uno no puede dejar de mencionar su presencia en el entierro de don Gonzalo, el 30 de enero de 1999. Por el valor que tuvo como muestra de amistad al amigo muerto y por la expectación que levantó en Ferrol su presencia. A Saramago acababan de entregarle en Estocolmo su histórico Premio Nobel, el primero que recibía la literatura portuguesa. Su imagen serena y seria la había llevado a todas partes la televisión, y en Galicia su éxito había sido muy celebrado por nuestros medios, con artículos de prensa, mesas redondas, opiniones de gente conocida, etcétera. De manera que todos aquí sabíamos que andaba por tierras suecas y del norte de Europa, de homenaje en homenaje. El caso es que llegó a Ferrol sin que la mayoría de los concentrados en la concatedral de san Julián lo esperase. Su entrada, ya comenzado el funeral, resultó, además de sorprendente, espectacular: con una amplia capa de pieles sobre los hombros -era enero y venía de tierras frías- avanzó por el pasillo central en busca de sitio en un banco donde sentarse.

Y desde ese lugar entre el público vivió, con recogimiento y desde el anonimato, toda la ceremonia religiosa y el acompañamiento de la comitiva fúnebre hasta el cementerio de Serantes. Fue, sin duda, una lección de lo que es el compromiso con un amigo.

Prendado de «La saga/fuga»

La amistad de Saramago con Gonzalo Torrente Ballester le sirvió para entender mejor la esencia de la tierra gallega y de su gente. El escritor ferrolano era un buen conocedor del género y sus agudas observaciones al respecto ayudaban al portugués a hacerse una idea más cabal y redonda de esta realidad tan cercana, pero tan distante, además de compleja. Saramago, que era un gran admirador de su compatriota Pessoa, no dudó en equiparar a Torrente con aquel. Semejante era su sensibilidad, parecida la dosis de escepticismo, equiparable su cultura, idéntica su concepción de la realidad, comparable la manera de entender su propia identidad humana. Y, situado Torrente en un rango tan elevado, Saramago ya no dejó de admirarlo, especialmente desde que quedó prendado de su novela más esencialmente gallega, La saga/fuga de J.B. (1972). Lo dijo en muchos lugares y lo dejó escrito en diferentes textos. La magia de Castroforte del Baralla -un lugar que no aparece en los mapas-, el misterio de las aguas profundas del Mendo, la corriente transparente del Baralla, la inteligencia y desvalimiento de José Bastida, la sensual naturalidad de Julia, y todo ello envuelto en el acierto lingüístico y estilístico de un consumado narrador, hizo que la novela de Torrente fuese para Saramago la segunda novela española después de El Quijote. En este texto, fechado en Vigo en 1997, escribe Saramago a este respecto:

«Un día escribí que el lugar a la derecha de Miguel de Cervantes Saavedra, autor del Quijote, vacante durante siglos, había sido ocupado por Gonzalo Torrente Ballester, autor de La saga/fuga de J.B. Vuelvo a decirlo ahora, habré de repetirlo mañana, sabedor de que muchos y muchos años tendrán que pasar antes de que se vuelva a escribir un libro como este».

Conoce toda nuestra oferta de newsletters

Hemos creado para ti una selección de contenidos para que los recibas cómodamente en tu correo electrónico. Descubre nuestro nuevo servicio.

Votación
7 votos

Un visitante de honor en Galicia