Bicentenario del violinista Ole Bull, que dedicó una obra a Isabel II

Tras escucharle en París, Berlioz le predijo un gran futuro y destacó del violinista su «profunda expresión, un gran sentido de la melodía, elegancia natural de estilo y gran calidez y originalidad».


Noruega celebra a lo largo de este año el bicentenario de su violinista más famoso, Ole Bull (1810-1880), un músico elogiado por Berlioz y Robert Schumann, apodado el «Paganini del Norte», que dedicó incluso una obra a la reina Isabel II con motivo de su boda.

Titulada «La Verbena de San Juan. Fantasía», Bull compuso esta obra para Isabel II en 1846 mientras llevaba a cabo una gira artística por España, explica a EFE el organista y musicólogo noruego Harald Herresthal, quien encontró la partitura, que se creía perdida, en la biblioteca del Palacio Real de Madrid.

Isabel era muy musical y tocaba el piano, el órgano y el arpa, explica Herresthal, quien no alberga ninguna duda de que Isabel II, quien contaba entonces 16 años, apreciaba la música del violinista noruego.

Herresthal acaba de publicar el cuarto y último tomo de la monumental biografía de Bull y de editar un CD con sus conciertos para violín, que incluye también la citada pieza de inspiración española (en versión de la Orquesta de la Radio Noruega, dirigida por Ole Kristian Ruud y con Annar Folleso como solista).

El disco es «un estreno mundial», afirma Herresthal, que describe así «La Verbena de San Juan»: el violín presenta primero un tema interpretado con gran sentimiento, al que sigue un interludio orquestal, que introduce a su vez una serie de composiciones musicales y variaciones inspiradas en la música popular española.

«Bull fue uno de los primeros en otorgar categoría de arte a la música popular», precisa Herresthal, quien agrega que el violinista tocó en varias ciudades como Barcelona y Palma de Mallorca e improvisó con guitarristas españolas.

Algo parecido hizo en una gira americana, que le llevó a La Habana en 1855. Allí tocó también con músicos cubanos, muchos de ellos negros, de los que dijo que eran «los mejores del mundo».

Bull nació en Bergen, donde se le recuerda con una estatua que le representa tocando su instrumento favorito en pleno centro de la ciudad, y su nombre está este año en boca de todos.

Músico precoz -con ocho años fue contratado por la orquesta local-, Bull se trasladó a estudiar a París, donde conoció a algunos de los músicos más famosos de la época, entre ellos Rossini, Meyerbeer, Liszt y Mendelssohn, y luego a Italia, donde trabó amistad con la famosa cantante española María Malibrán.

Tras escucharle en París, Berlioz le predijo un gran futuro y destacó del violinista su «profunda expresión, un gran sentido de la melodía, elegancia natural de estilo y gran calidez y originalidad».

Robert Schumann, que asistió a conciertos suyos en Viena y Leipzig, en 1839 y 1840, dijo de él que mientras tocaba, «como quien juega», los pasajes más difíciles hacía vibrar las «fibras más profundas del corazón».

Para Schumann, «tras la muerte de Paganini, (Bull) era sin duda el mayor virtuoso».

En 1840, Bull tocó en Londres junto a Franz Liszt -quien quedó impresionado por la interpretación del violinista de la sonata a Kreutzer, de Beethoven-, y en Leipzig lo hizo con Mendelssohn.

En sus giras, el músico dormía incluso en un carruaje para poder tocar cada día en un lugar distinto, y así en 1836 ofreció hasta 274 conciertos por toda Inglaterra.

Era tal su popularidad que en sus periplos americanos logró tocar ante audiencias de cerca de 5.000 personas.

Pero Bull no fue sólo un violinista extraordinario, sino que, como explica su biógrafo, fue también un precursor en la identidad noruega desde sus ideales republicanos y se le puede considerar como el fundador del romanticismo nacional noruego.

A mediados del siglo XIX, inauguró en Bergen el Norske Theater (Teatro Noruego) y nombró al dramaturgo Henrik Ibsen «instructor dramático», cargo que encomendaría más tarde al también escritor Bjornstjerne Bjornson, al tiempo que animó al joven compositor Edvard Grieg a inspirarse en la música popular de su país.

Bull murió el 17 de agosto de 1880 mientras escuchaba el Réquiem de Mozart en la casa de extravagante, por exótica, arquitectura que se hizo construir en la isla Lysoen (cerca de su ciudad natal), y su funeral, en Bergen, fue un acontecimiento multitudinario.

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