Chavela Vargas, reina de la noche en la presentación de su disco

«¡Por mi culpa!» es, de momento, el canto de cisne de la artista que abrazó a Frida Kahlo, que llevaba pistola a la cintura, que agotó la última gota en las cantinas y que supo volver de los infiernos para cumplir un sueño más.


Los 91 años de Chavela Vargas pesan como losas sobre cada hueso de su cuerpo, pero la leyenda que cantó «Paloma negra» tuvo anoche suficientes fuerzas para presentar en persona el disco que sus ganas de vivir han querido que grabase.

«¡Por mi culpa!» es, de momento, el canto de cisne de la artista que abrazó a Frida Kahlo, que llevaba pistola a la cintura, que agotó la última gota en las cantinas y que supo volver de los infiernos para cumplir un sueño más.

«Hace mucho que perdí la cuenta de los discos que he grabado, unos dicen que son ochenta, o cien, o nosecuantos (...), no se han cansado de reproducirlos sin que yo me entere, sin darme regalías, sin tomarme en cuenta», expresó la artista.

La crítica a la industria musical -en 2007 rechazó un Grammy honorario- no la pronunció ella misma, aunque sí eran sus palabras; una de sus fieles amigas leyó el discurso que la salud impidió articular a Chavela.

«Puro negocio de las disqueras (discográficas) comerciales, pura burla», dijo sobre álbumes en los que otros grupos emplearon su nombre y a los que ella no conoció.

Por este continuo ninguneo y aprovechamiento de su figura, Chavela (Costa Rica, 1919, llegada a México con 14 años) quiso hacer, aunque fuera una sola vez, un disco a su manera, lo que llevó a buen puerto con la colaboración de instituciones y amigos.

Así llegó su sueño y su desquite. «Lo hice como me dio la gana, con quien me dio la gana, porque me dio la gana», siguió su voz escrita.

Los cómplices han sido muchos; entre ellos destacan los nombres de Joaquín Sabina -el cantautor español actuaba en esos momentos en la norteña Monterrey-, la gran dama Eugenia León y la sucesora apuntada por el mito, Lila Downs. Todos cantan con ella.

Todos ellos enviaron unas palabras para el homenaje en que se convirtió la presentación del disco, donde actuaron varios de los nombres que acompañan también a la veterana de mil batallas en el disco.

En vídeo, Joaquín Sabina se hizo presente: «Me parece un título tan impresionante y tan bueno (...), que no sea el último disco de Chavela, que haya más, todavía es capaz de hacer más discos, y de vivir para darnos alegría al corazón».

La Negra Chagra, argentina, y los mexicanos Mario Ávila y Jimena Jiménez Cacho cantaron y tocaron en la velada como lo hacen en el álbum para la dama del poncho rojo, que descansaba en un enorme sillón, con sus eternas gafas negras como cortinas protectoras.

Chavela apenas si tenía fuerzas para saludar al público y musitar alguna estrofa, pero agradecía el cariño; sus fuerzas, dispersadas a los cuatro vientos tras nueve décadas sin pausa, no le permitieron hablar. Pero al menos pudo venir desde su domicilio en Tepoztlán, un pintoresco enclave a una hora y media de Ciudad de México.

Tras cerca de hora y media, la diva fue cargada en su silla de ruedas por las escaleras del centro cultural capitalino que acogió el acto, para ser introducida en un coche como una niña pequeña dormida.

Por un instante sus gafas abandonaron el rostro moreno y arrugado, desvelando a medias el secreto de sus ojos. El premio de sus pupilas no fue concedido: Chavela dormía en paz, o al menos descansaba mirando hacia dentro de sí misma, cumplido el sueño.

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