Una «Traviata» de manual y una «Flauta» suiza


De las dos óperas que inauguran la colección podría decirse que prácticamente no existe un día en el calendario en el que no se representen en algún lugar del mundo. La Traviata no tuvo suerte en su estreno en la célebre Fenice veneciana; pero, a partir de su accidentada primera representación, su fama no ha dejado de aumentar, extendiéndose a todos los teatros, como el pequeño pero coqueto coliseo de Busseto, localidad natal de Verdi, donde se filmó la estupenda función recogida en el deuvedé.

Plácido Domingo, protagonista en bastantes ocasiones de la ópera con la que debutó profesionalmente en México, ocupa aquí el lugar del director, cediendo la primacía vocal a un trío formado por dos magníficos cantantes jóvenes y un veterano de postín.

A la célebre pareja de amantes ponen voz aquí la soprano italiana Stefania Bonfadelli y el tenor norteamericano Scott Piper. La Bonfadelli ofrece una mezcla ideal de belleza y fragilidad que conviene al personaje de la sufrida Violetta, y Piper se muestra convincente metido en la piel del inmaduro Alfredo. Pero quien de verdad confiere a esta función una dimensión especial es el Germont de un extraordinario Renato Bruson: ¡qué lección de auténtico fraseo verdiano! Su dúo del acto segundo con la Bonfadelli constituye el momento álgido de la ópera.

Para quienes busquen disfrutar con una lectura de lo más fiel al original, Franco Zeffirelli es el responsable de una puesta en escena puntillosa en los detalles y de una inteligencia dramática que solo puede atribuírsele a un gran conocedor de su oficio, como el veterano director italiano, antiguo ayudante y algo más de Luchino Visconti. Una Traviata de manual.

Antes de recalar en su nuevo destino, como director musical de la Ópera de Viena, el brillante director alemán Franz Welser-Most se curtió en el foso de uno de los teatros más interesantes de Europa, el de Zúrich, ciudad donde se puede ver ópera todos los días (los domingos, mañana y tarde). Del coliseo suizo procede la espléndida producción que Jonathan Miller, un médico metido a director de escena, realizó de La flauta mágica mozartiana. En su bien equilibrado reparto, figura una de las grandes promesas entre los tenores actuales, Piotr Beczala (solo por él ya valdría la pena disfrutarlo), y el imponente bajo finés Maati Salminen, todo un lujo para el papel del sabio Sarastro.

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Una «Traviata» de manual y una «Flauta» suiza