Truman Capote no pierde brillo ni mordacidad a 25 años de su muerte

Sus célebres citas y su fascinante imagen de escritor no han perdido vigencia entre nuevas generaciones de lectores


Para saber si un escritor ha alcanzado la condición de clásico o si, por el contrario, el tiempo lo ha sumido en el olvido, 25 años es un período simbólico. Es el mismo trecho que va desde el fallecimiento de Truman Capote (Nueva Orleans, 1924-Los Ángeles, 1984) hasta hoy mismo. Ya una celebridad en vida, por motivos tanto literarios como ajenos a su obra, su figura no ha perdido presencia, sino que se ha agigantado: una prueba frívola pero significativa es el éxito de sus citas, recopiladas por docenas en Internet («Soy alcohólico. Soy drogadicto. Soy homosexual. Soy un genio» es una de las más conocidas). Prueba más sólida es que Anagrama, la editorial que publica a Capote en España, tiene ahora mismo veinte títulos vivos en catálogo, en sus colecciones Panorama de narrativas y de bolsillo. Y a ello hay que añadir la expectación que suscitó la aparición de una obra póstuma, Crucero de verano, hace tres años, y que también significó el debut de Capote en gallego de la mano de Galaxia.

Igual que Joyce, que Kafka o que Scott Fitzgerald, Capote no es solo lo que escribió. También es su vida y la imagen que de él se formaron sus contemporáneos, además de la que ha perdurado. Tan controvertidos como su estreno novelesco en 1948, Otras voces, otros ámbitos, donde se inspiraba en su propia juventud para un relato de inadaptación y frustración, social y sexual, fueron los retratos que le tomaron Harold Halma y Cartier-Bresson: mostraban a un joven desafiante que podía ejercer un magnetismo semejante al del primer Brando.

La relación de Capote con la imagen acabó por fagocitar en buena medida el papel que se asignó a sí mismo como escritor. Se inició en el periodismo en The New Yorker en la década de los cuarenta y el éxito de su debut lo revalidó con Desayuno en Tiffany's (1958) y A sangre fría (1965). Ambas obras se llevarían al cine: la primera, dirigida por Blake Edwards, también goza de la condición de clásico. La fascinación del cine por Capote, además, ha perdurado después de su muerte. Phillip Seymour Hoffman consiguió el Oscar al mejor actor por su encarnación del escritor.

Pero el siguiente gran aldabonazo de Capote no fue un libro, fue una fiesta, el baile en blanco y negro que celebró en Nueva York y que responde al concepto de fama acuñado por Andy Warhol, quien, por cierto, también contribuyó a reforzar esa fascinación de Capote por y para la imagen. Al baile acudió la misma aristocracia que luego le daría la espalda, molesta con el retrato mordaz que de ella dibujó en la que iba a ser su gran obra, al modo proustiano, Plegarias atendidas, que se publicaría inacabada. Acabó sus días entre drogas y alcohol. Pero no dejó de ser un genio.

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