Entre el Guggenheim y la construcción sostenible


Sostenibilidad es la palabra que más ha sonado este año entre los arquitectos de todo el mundo. En una economía global en crisis, con el precio del petróleo subiendo irresistiblemente y los efectos del cambio climático cada vez más presentes, la construcción ecológica, eficiente energéticamente y respetuosa con el medio ambiente, es la prioridad de las sociedades desarrolladas. Así lo explicaron técnicos de la región austríaca de Vorarlberg que participaron en varios seminarios en Galicia. «El problema de la dispersión lo va a resolver el alza del precio del gasoil», afirmaban en una entrevista publicada en La Voz en octubre. Dos meses después, basta repostar en una gasolinera o comprobar el gasto doméstico en calefacción para darse cuenta de que nuestras viviendas -y nuestro estilo de vida- son una máquina de derrochar dinero.

Pero en el 2007 también se cumplieron diez años de la inauguración del Guggenheim de Bilbao. Un modelo arquitectónico caracterizado por la desmesura estética, el «todo vale» con tal de vender el producto, que ha tentado a alcaldes y arquitectos. En algunos casos, como en la capital vasca -donde había un proyecto cultural detrás y el objetivo de regenerar una ciudad herida de muerte por la reconversión industrial-, ha sido un éxito. En otros, como el de Santiago, un ejemplo de lo que no debe hacerse. Las sesiones parlamentarias para dirimir responsabilidades por el fiasco del monte Gaiás revelan hasta qué punto la arquitectura puede apartarse de sus objetivos primordiales de utilitas y venustas. Nada más vacuo y alejado del arte (y de la cultura) que este embrollo político sin salida.

El Pritzker premió, en la figura de Richard Rogers, estas dos tendencias contrapuestas. El arquitecto británico es uno de los iconos del high-tech, tendencia exhibicionista en la que ha inscrito hitos como la Lloyds de Londres, el Centro Pompidou de París -que cumplió 30 años de vida- o la terminal T4 del aeropuerto de Barajas; pero también es un defensor de la vida urbana y de la capacidad de la arquitectura de catalizar los cambios sociales.

También galardonado, en este caso con el Premio Nacional de Arquitectura, fue el valenciano Santiago Calatrava. Este Leonardo moderno vivió su particular annus horribilis por su enfrentamiento con el Ayuntamiento de Bilbao, que le modificó una pasarela peatonal sobre el Nervión, y por la inundación del Palacio de las Artes en su ciudad natal. Miserias de una arquitectura en la que el nombre, y no el hombre, es el protagonista.

Otro proyecto polémico, el nuevo Prado de Moneo, vio por fin la luz. Y el año culminó con el centenario de Niemeyer, mito vivo de una arquitectura más sensual y humana.

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