Por qué usamos los bares como campos de batalla: «Los clientes se comportan peor que antes de la pandemia»

VIVIR A CORUÑA

Terrazas los topes en la Marina
Terrazas los topes en la Marina EDUARDO PEREZ

Cada vez más hosteleros alzan la voz para criticar las conductas inapropiadas de sus consumidores. Propietarios de bares de A Coruña lamentan que, con frecuencia, los trabajadores de este sector no reciben el mismo respeto que otros profesionales

13 jun 2024 . Actualizado a las 05:00 h.

La era de la salud mental puso en el foco conceptos como asertividad, responsabilidad afectiva o madurez emocional. Los ciudadanos parecimos volvernos especialmente cívicos y empáticos en la crisis del covid, sobre todo, con esos trabajadores que veían sus negocios supeditados a unas restricciones que, pese a los bailes, duraron casi dos años. Los médicos se llevaron todos los aplausos durante esos primeros terribles meses de pandemia. Literalmente. Pero cuando la situación mejoró y los españoles volvieron a la calle, las miradas de agradecimiento y comprensión estaban puestas en esos hosteleros que permitían a familias y amigos juntarse de nuevo para comer. Aunque a las cinco tuviesen que volver a casa.

Han pasado cuatro años y de aquellos clientes tan piadosos como benevolentes no queda hoy ni la sombra. Al menos, eso reflejan las quejas y críticas que lanzan cada vez más propietarios de bares y restaurantes en sus redes sociales, sobre todo aquellos que tienen sus locales en zonas turísticas como Levante o Andalucía. El enésimo cartel viral lo colgó el dueño de un bar de Valencia que alertaba a los consumidores, a través de su cuenta de X, con la siguiente frase: «Si se sientan en una mesa sucia no se les atiende». Podría pecar de picajoso el hombre y, sin embargo, aunque casi ninguno aprueba las formas, varios hosteleros de A Coruña entienden el fondo.

Aunque la situación pueda parecer anecdótica, refleja un paradigma que en parte del sector comienzan a ver con demasiada frecuencia: cuando el ocio manda, se pierden las maneras. «Puede parecer una tontería, pero sentarte en una mesa que está sin limpiar sin que el camarero lo permita, afecta a las dinámicas del local. Esto se da porque la gente se vuelve muy loca con las esperas, los clientes son impacientes y se abalanzan sobre las mesas sin pensar en el trabajo de los demás». Habla Gerardo Quintela, del Bar Quintela, un local de la plaza Alameda cuya terraza está más que cotizada el fin de semana. Este hostelero añade que ahora los bares parecen «zafarranchos de combate porque la gente es menos comprensiva cuando está de ocio; se nos piden cosas que no ocurrirían en la sala de espera de un médico o del banco», añade.

Jorge Otero no suele tener pelos en la lengua, y esta no es una excepción. Regenta Casa Ponte y La Chula, en el entorno de Emilia Pardo Bazán. Las terrazas de sus locales también se ponen hasta los topes cualquier día de semana a, casi, cualquier hora. Él tiene una teoría, y de hecho invita a que nos fijemos a partir de ahora. «Cuando hay una mesa sucia, la gente prefiere sentarse ahí, aunque al lado estén otras limpias». Dice que no sabe por qué ocurre, pero que pasa constantemente. Estudios sociológicos aparte, Otero asegura que esto dificulta el trabajo de los camareros, sobre todo, en bares de zonas turísticas porque los empleados acaban perdiéndose con qué clientes son nuevos o no.

 

Esta situación que «no se daba en la pandemia, cuando todo el mundo era más respetuoso», ahora ha dado, a su juicio, un vuelco de 180 grados: «Lo tengo claro, los clientes se comportan ahora peor que en la época del covid». Por eso, es tajante diciendo que para él es importante dejar claro que «el cliente no tiene la razón porque sí; no tolero que nadie trate mal a mis empleados, se merecen el mismo respeto que cualquier médico o profesional de otro ámbito».

La Mansión se encuentra en la Marina, epicentro del tardeo cualquier día de sol. Su responsable, Alberto Boquete, explica que en una terraza amplia, sentarse en una mesa sucia «entorpece el servicio». Y apunta: «Nosotros nos estamos planteando acotar la terraza y organizar a la gente para que se sienten, así evitaríamos unas situaciones que provocan que los camareros tarden en atender a los clientes porque no ubica que son nuevos».

La inmediatez parece ser imperativo en este sector. O al menos, esta es la demanda de los clientes cuando llegan a un bar. Por eso, en el bar Os Codillos, en Elviña, recuerdan que «no hay que confundir servicial con servilismo». Juan Fernández, dueño de Malte y La Checa, cree que el problema es que la gente se impacienta «cuando está de ocio porque desconecta, pero por lo general no es consciente». Con todo, recuerda que la mayoría de clientes había mejorado su conducta en la pospandemia, «pero somos animales de costumbres y volvemos a lo de antes».

Los hosteleros consultados reconocen que ese «lo de antes» tiene su peor cara en otros puntos de España, una coyuntura que ligan directamente con la masificación del turismo. Por eso, aunque no están a favor de mantener posturas hostiles, sí entienden que los hosteleros de Baleares, Canarias, Madrid o Barcelona, tomen cartas en ciertos asuntos para velar por el bienestar del local, sus empleados, y su propia salud mental.