Un deseo llamado tranvía


Entre la niebla del tiempo se difumina cada vez más aquella primavera de 1997 en que el tranvía coruñés volvía a traquetear orgulloso por los raíles del paseo marítimo. Y digo que volvía a traquetear porque en realidad asistíamos a su renacer después de varios decenios de oscuridad. «Un deseo llamado tranvía», titulaba por aquel entonces La Voz de Galicia, y no es que los coruñeses acariciásemos en secreto el sueño de tropezarnos con Vivien Leigh o Marlon Brando, que también. En realidad nos conformábamos con bastante menos: dar un delicioso paseo en el arqueológico vehículo, observar la torre de Hércules desde una perspectiva distinta, escuchar los gritos de entusiasmo de los críos o, simplemente (en el caso de los más veteranos), recordar las peripecias del viejo Siboney, el tranvía de Sada.

Nuestro convoy, que llegó a unir el Parrote con las Esclavas, comenzó a languidecer en el 2003 por diferentes motivos: la rentabilidad era quimérica, el proyecto de que la vía circunvalase la ciudad, también, y el entusiasmo político entró en franco declive, tal vez por aquello que decía Tennessee Williams de que «todos tenemos algo que no queremos ver en manos de los demás», o quizá porque no deseamos ver en las nuestras los éxitos ajenos.

Cuando se consumó la muerte del tranvía, se planteó otro problema: así como retirar de la circulación los trenes es bastante sencillo, no puede decirse lo mismo del resto de la instalación, ya que raíles y postes de la catenaria continúan anclados hoy al asfalto con evidente deterioro. Las vías surcan el paseo marítimo sin la menor utilidad, para desesperación de los conductores, que saben que los neumáticos tienden a resbalar sobre el metal cuando llueve, así que tratan de evitarlo.

De dos maneras. En principio, dejando un raíl entre las ruedas, por lo que muchos circulan invadiendo parte del carril contiguo. Pero los que eligen esta primera opción no tardan en abrazar la segunda -conducir directamente por la izquierda- cuando se percatan de los obstáculos que minan el costado derecho: los socavones que camuflan las vías recuerdan a Viaje al centro de la Tierra y las tapas de los registros están tan hundidas que es fácil dejarse la suspensión al sumirse en sus profundidades.

Ahora, con aquella primavera de 1997 tan escondida entre los recuerdos, el deseo de los coruñeses para el tranvía es que alguien arranque de una vez por todas los inútiles raíles y, de paso, suelte una reparadora capa de asfalto sobre la calzada del paseo. Lejos queda ya el sueño de Leigh y Brando, sustituido sin piedad por la pesadilla de los socavones, que, por desgracia, es bastante más real.

Por Crónicas coruñesas

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